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miércoles, 21 de septiembre de 2011

* SOBRE “EL SALTO DEL PASTOR”

Allá, a comienzos de los 90, recién llegadito de recorrer medio mundo con el programa “Canarias, el otro Archipiélago” que dirigía JJ Armas Macelo, llegué a las islas enriquecido, tras haber vivido durante casi dos años experiencias junto a las penas y alegrías de nuestros emigrantes. La serie constaba 13 episodios, que versaban sobre la constante del isleño: La diáspora. Vine con un proyecto bajo el brazo inspirado en una breve charla que mantuve con el cubano Eusebio Leal, en la perla de Las Antillas.

Hacía unos años que mi compañero Cutillas había fallecido y me sentí heredero, salvando las distancias, para continuar la línea de trabajo que habíamos iniciado tras una conversación en 1.975, en el Aaiún, cuando cubríamos la información de la vergonzante marcha verde. El proyecto, consistía en inventariar y recoger durante 25 años costumbres, tradiciones, personajes, cantos y bailes que iban desapareciendo o resistían el paso del tiempo.

Compartí la dirección del espacio más atractivo, riguroso y documentado con Juan Martínez. La serie nació con el nombre de “Andar Canarias”. Sin embargo, cuando se habían emitidos unos seis capítulos, el mandamás de turno de Televisión Española, nos pidió que cambiáramos el nombre porque habían realizado una reclamación –poco fundamentada- y se le llamó entonces “Senderos Isleños”.

Solo 63 capítulos pudimos elaborar. Uno de ellos, dedicado “al Salto del pastor”. Cada capítulo, una experiencia distinta… Recuerdo, como si volviera a vivirlo, aquel anciano, Luis Pajes, en el interior de su humilde taller campesino que con su azuela, con exquisito mimo, rebajaba un largo palo.

Me dio el pronto, cuando lo vi por primera vez, que mecía recuerdos de juventud, cuando acompañado de su inquieto perro garafiano, brincaba por la agreste orografía palmera… Parecía ensimismado… No tenía, aparentemente prisa en acabar de tornear la lanza… Cada golpe de azuela, una historia… El tiempo parecía detenido… Parco en el decir, nos daba con su verbo pausado una de esas tantas lecciones que no se encuentran en los libros… Nos contó que en el palo que estaba preparando había que trabajarlo con muchísimo cuidado… Que de cualquier fallo dependía la vida de quien lo usara… Debía ser suave para permitir el deslizamiento de las manos y fuerte y flexible… Cada día su dueño, debe cuidarlo para mantenerlo afinadito… El pino del que se obtenga esta larga vara, debe ser de secano… crecer en lugar venteado… el palo, no se presta a nadie: ni siquiera a padres o hijos… Nos habló de personajes de leyenda, en el uso del palo que estaba elaborando (que en la isla de La Palma recibe el nombre de “lanza” o “astia”, de unos cuatro metros aproximadamente de largo, con terminación en una punta de hierro llamada regatón)…

Uno a uno, con infinita admiración, me contó saltos imposibles de pastores… Eran nombres que me sonaban a dioses… nombres y hombres que habían cimentado la leyenda… nombres que, después, durante la grabación del programa repetían todos cuantos se cruzaron en nuestro camino: “el guindero”, fallecido accidentalmente; Eulogio Martín “el Cachorra”, que tuvimos la fortuna de grabarlo, después de muchos años inactivo, efectuando un giro de 180º, en los altos de la isla colombina… La elegancia de Quico que se posaba en la tierra con la suavidad de una pluma…y nos contó, con todo lujo de detalles, la historia del “Salto del Enamorado”…

Con el cosquilleo de la emoción, visitamos el escenario de tan comentada leyenda, en la Galga, en Puntallana… Impresionaba, la garganta del barranco… dice, según me contó el anciano artesano… “es, la historia de un amor no correspondido en la se mezcla la diferencia de clase social… La muchacha lo despreciaba, se burlaba de su enamorado… Para poner a prueba la verdad del amor que le profesaba, le puso una difícil prueba: “si usando tu lanza realizas tres saltos de 180º al borde del precipicio, aceptaré la relación”. Qué no está dispuesto a hacer un hombre por su enamorada… Aceptó el reto… Una y otra vez, hizo el giro perfecto… a la tercera vez, se precipitó al vacío… Leyenda o realidad, lo cierto es que el lugar se conoce como “el Salto del Enamorado”.

Luego, una larga pausa… Yo me acuerdo que fui dispuesto a intentar ese salto… Era como un desafío, pero a la hora de la verdad, el corazón parecía que se me iba a salir por la boca… ¡uff! Y no pude… Sin embargo, el Guindero, lo hacía con muchísima facilidad.

En otra entrega, me volveré a introducir en distintos personajes que de una manera u otra han continuado la labor de aquellos cabreros y campesinos que usaron el regatón, la lata, el astia, la lanza o el palo para desplazase por la accidentada orografía de las islas.

ALFREDO AYALA OJEDA

3 comentarios:

  1. LO HE LEIDO MUY DETENIDAMENTE ES UNA NARRACION BUENISIMA!! DON ALFREDO MUY BUENA!!!CONOCIA LA DE EL PASTOR PERO NO LA DE EL ENAMORADO!!EN FIN DARLE MI MAYOR ENHORABUENA, POR QUE ES LA CULTURA CANARIA!!!

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  2. Leyendo su relato dan ganas de coger el garrote y tirarse por los barrancos (yo tampoco sé si sería capaz), pero que tradición más espectacular y que bien lo explica usted.

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  3. Gracias "Maestro Pancho". Cada uno hace lo que puede... Ahora, aprovechando que las mareas están mas tranquilas, me voy a meter con "Cantos de llamados", dedicados a una tradicion que todavia pervive en las islas...

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