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martes, 14 de junio de 2011

* LAS RETAHÍLAS DE CÁNDIDA

23 de junio víspera de San Juan, en Punta del Hidalgo, se hace una romería con San Juanito que paso a relataros como ya es costumbre, esta vez les hablaré algunas cositas al más puro estilo puntero de allalante y del homicián en la hoya no se estila hablar así.

A San Juan de romería vamos a Punta Hidalgo.

Cantando isas y folias, El Carril yo voy bajando, ¡gua! rayo ¿tú sabías cantar? ¿Dónde vas con esa vara y ese traje de hábito del gran poder? Pa´la romería de San Juanito. ¡Gua! rayo no pensarás que voy a gastar jacho apaquello toma pa´que güelvas.

Hay madre los demonios te levanten fuerte samagazo me pegó con el palo del tambor coge el lado derecho del carril estropajo que me vas a volver a dar señora ¿dónde empieza la romería? ¿Aquí en la hoya? no mi niño, es pallálante.

Hoy a las 6 de la tarde he llegado a la iglesia de San Mateo en Punta del Hidalgo pueblo donde me han acogido desde que me casé con un puntero, como si de una lugareña se tratara dicho esto, paso a contaros: Se le hizo una misa canaria a San Juanito, una vez terminada entraron a sacar al santito, los danzarines herreños con sus tambores y ese danzar tan peculiar y emotivo que les caracteriza.

Sale san Juanito y después de echarle su correspondiente tablilla de voladores empieza la casi familiar romería, los grupos folclóricos del lugar y algunos invitados comienzan a tocar isas, folias y como no la tan famosa canción de San Juan.

Cuando llegamos al final del pueblo, en la plaza de Sebastián, Ramos el puntero, la hermandad del pueblo tiene un convite para los romeros y visitantes, se hace un fisquito de descanso para coger resuello pues empieza el recorrido más difícil. El santo lo bajan por un carril de paso, entre las plataneras, que es de tierra resbaloso pero eso sí, tiene unas vistas como pocas romerías pueden presumir, porque al lado derecho se alzan desafiantes, el risco Los Hermanos, emblema del pueblo puntero.

Y la maresía hace llegar hasta el romero ese olor a salitre y como no también, el olor a las plataneras y a tarajal. Hace que esta romería sea diferente y que todo aquel que viene una vez repita. Al final del carril, a escasos metros se encuentra la capilla de San Juanito, donde una vez hemos llegado, se le canta para depositarlo en su casa, hasta el próximo año en que se le vuelve a sacar.

Una vez nos hemos despedido, empieza para el puntero la noche de San Juan, para los que regresan a sus casas lo harán por el camino de la costa, donde esa noche no cabe ni un alfiler, en los charquitos y callados de la playa, pues están a reventar de gente. La mayoría punteros, que se reúnen las familias alrededor de sus correspondientes fogaleras (hogueras) a comer papas con costillas y piñas. He de decir que la mayoría de las piñas son robadas, pues es como más saben. Y más todavía si al pasar el dueño de las piñas por el camino lo llamas y le convidas. Un cacho costilla una papa con mojo cilantro y cómo no, sus mismas piñas –coma, coma con confianza, como si fueran de las suyas, cristiano-.

Bueno toda la noche se está en la playa y al día siguiente es un día más familiar si cabe, pues se reúnen todos otra vez a almorzar y tener un día de playa con los chiquillos, los abuelos, que no pudieron hacer noche y algunos que no pudieron venir. Esperando que hayan disfrutado de mi romería de San Juanito, me despido hasta otra. Qué viva San Juan, les escribo algo que pasaba hace muchos años, al parecer los muchachos antes de bajar a buscar a San Juan, se bebían unos buenos vasitos de vino y yo diría que hasta el agua bendita que trincaran, ya que al parecer después de estar enchispados y llevando al santo, alguna vez lo dejaron en una improvisada caseta, en medio de los tarajales que se encontraban en el carril. Se marchaban a dormirla y otro día lo iban a buscar. Cómo han cambiado las cosas, ahora vienen gentes de todas partes y con otras costumbres, se montan unos tenderetes y se forma un fiestón a todo tren, con casetas de campaña y poco menos que un botellón. Antiguamente se limpiaba bien el canasto de los tomateros con agua y lejía, y las madres metían un cardero grande con papas y costillas y piñas, bien tapadito con tela de los sacos de azúcar y con poco más, se comía. Toda la familia y al calor de las fogaleras se asaban piñas y como no, los parranderos del pueblo iban cantando y siendo convidados por todos, podéis imaginaros como acababan. En fin, ahora los decibelios ahogan las guitarras.

CÁNDIDA MEDINA ÁLVAREZ

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