Seguidores

viernes, 10 de junio de 2011

* DANZA DE LAS CINTAS, GÜIMAR

Cuando una tradición se recupera, se ahonda, se nos muestra y se comparte, es como si una voz silenciada volviese a oírse alta y clara; como si un perfil desdibujado y confuso del carácter, la historia, y el sentimiento popular recobrase su línea verdadera.

Así ha sucedido por fortuna con nuestros "Danzas itinerantes o de Procesión", que amén de espectáculo, música y baile, recuperan y exaltan la participación popular en los cortejos procesionales, devolviendo al pueblo una presencia no sólo folklórica sino también religiosa que permite expresar su devoción.

Estos bailes procesionales hunden, al parecer, tras un largo y continuado proceso evolutivo, por el lógico paso del tiempo, sus raíces en un lejano pasado. Desde tiempos inmemoriales, el cortejo procesional acompañaba la imagen sagrada mediante música y danza, testimoniando así su respeto, su alegría y su hondo sentir religioso. Con los siglos, algunas de estas expresiones populares se han ritualizado, ofreciendo actuaciones bien definidas, a músicas y danzas diferenciadas entre ellas, cada una con nombre y forma propios, dando lugar así mismo al grupo especializado en su ejecución y preservación. Por eso, no es de extrañar que estos grupos tomasen carácter de cofradía o hermandad, siempre bajo el amparo y autoridad eclesiástica, nunca civil ni militar.

Entre nosotros, principalmente en Tenerife, y concretamente en Güimar, (que es a la que me refiero) estas danzas procesionales se acreditan desde el siglo XVIII para honrar la festividad de su patrono San Pedro. Pero es sabido que ya anteriormente se practicaban en otros lugares de la isla: Arico, Granadilla, Vilaflor... creando así una viva competencia que acrecentaba la vistosidad y, con el interés popular, la pervivencia de estos festejos.

Además de honrar al santo patrón San Pedro, los danzantes también solían actuar para homenajear a particulares de cierta relevancia social; y el día de San Pedro visitaban sus casas, bailando en su honor.

Desde principios del siglo XIX, la ya afamada "Danza de Güimar" participaba en algunas romerías y actos festivos en muy diversos puntos de la isla. Estas solicitudes se explican claramente por el gran valor coreográfico en la ejecución de dicha danza; por la perfección que exige su realización y por toda la gracia y colorido que aportan a la fiesta.

No cabe duda: quien haya contemplado esta danza, ya no la olvidará. Se trata de la llamada "Danza de Cintas", tema folklórico, al parecer de lejano origen y que no es ajeno al repertorio popular de diferentes países; pero que aquí adquiere en su versión canaria un punto de calidad extraordinario. La Danza de Güimar se compone de doce danzadores, el mantenedor del palo, un tamburilero. El tamburilero, es el encargado de poner el soporte musical a ritmo de tajaraste. Para ello, sostiene en la misma mano “pita” y tambor, y en la otra, la baqueta.

Es una danza que exige extrema habilidad y precisión, exactitud casi matemática en su realización.

Cada una de las doce cintas que penden de la extremidad superior del palo, son portadas por su respectivo danzador. Al ritmo de la música, y mientras transcurre la procesión, los danzadores irán desenrollando y enrollando estas cintas. Para que la danza sea perfecta, se debe calcular que al llegar a la entrada el Santo, las cintas deben estar extendidas; ninguna de las cintas debe estar enrollada al palo, y, para ello, no debe haberse trabado ninguna de ellas.

Este ejercicio de precisión y sincronía es muy difícil: el palo mide unos cuatro metros; en su extremo superior, a modo de corona, luce un ramo de flores, siemprevivas, que simbolizan la primavera y un roscón de pan, elaborado para la ocasión que representa la abundancia.

Las cintas, que suelen ser de seda, miden unos siete metros de longitud. Hoy sus colores tradicionales, rojo, amarillo y azul, se han reemplazado por otros más variados y caprichosos.

Antes los danzadores eran varones adultos; ahora se han substituido por niños hasta de 15 años. Este cambio en la edad de los danzadores comenzó a principios de los años 40 y se ha formado manteniéndose hasta el presente.

En casos excepcionales, se ha modificado la danza, doblándose el número de participantes: doce niñas y doce niños bailando en el mismo palo, pero formando dos espacios; doce dentro, y doce fuera, realizando el enrollado también en dos alturas diferentes.

Para que la danza alcance todo su encanto, será necesario un cálculo exacto de sus evoluciones y una armonía no menos perfecta entre los participantes que la componen.

(Continuará...)

ALFREDO AYALA OJEDA

No hay comentarios:

Publicar un comentario