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sábado, 11 de junio de 2011

* DANZAS DE LAS CINTAS, GÜIMAR (II)

Otro aspecto importante es el atavío del grupo: danzadores y mantenedor del palo lucen su traje de gala realmente espectacular. Sobre todo destaca el característico gorro, aquí conocido como "Turbante", de forma cilíndrica forrado de seda y de gran colorido, adornado con flores y prendas, antaño de plata y oro, prestadas por familiares y allegados... El gorro llega a pesar hasta medio kilo... añadiendo así una dificultad más para la perfecta evolución de los danzadores.

Hablé, en la Casa Carta, en Valle Guerra, con Juan de la Cruz. Quería saber más, reunir todos los datos… “las danzas rituales, -dijo- son normalmente del siglo XVII, de la época barroca… las ceremonias de la iglesia, son pesadas y requieren un ensayo previo. Si socialmente no tienen un reconocimiento extra, que sea un orgullo decir soy bailarín de San Pedro… Si este reconocimiento no lo tienen los bailarines, esto desaparece…”

Entorno a estos gorros se establecen curiosas y muy variadas consideraciones.

-“Aquí hay una serie de elementos fijos y otros que pueden variar dependiendo de quien lo haga…"

¿Qué es lo que no puede variar?

La cinta que va en la base, las dos cintas colgando, el fleco, tiene que llevar el fleco. A veces lo hacen de canutillo, dorado… en este caso es industrial pero rojo. Otra cosa que no varía es el tul cogido, haciendo buyones alrededor en la parte superior, los dos arcos… También, puede variar las clases de flores y las distintas creadas. Y las diferentes prendas. En origen, eran prendas más o menos buenas, dependiendo del poder adquisitivo del danzarín, que se pedían a familiares y vecindario y se cosían al gorro para la ocasión y después se devolvían. Y en este caso también se hicieron con flores. En su momento estas flores podían ser de papel. Los tiempos han cambiado… de papel de seda, como en la gran mayoría de las danzas rituales que intervienen en las barras o en las flores que coronan la parte superior del palo el color rojo en el fleco puede variar. No en las cintas de alrededor. Por lo visto en este gorro, que lo llaman turbante, está inspirado a similitud con la tierra de San Pedro… tiene la forma alta y las cintas como suelen reproducir a S. Pedro en las iglesias.

Para realizar cómodamente tan complicada danza, es esencial disponer de calzado adecuado. Antiguamente este calzado se elaboraba exclusivamente para los danzadores, y siempre en color rojo. Los zapateros de Güimar se esmeraban en fabricarlos artesanalmente, siempre en el mejor cuero. En el presente, este calzado, siempre cómodo, sólo mantiene la uniformidad del color rojo; cada danzante se procura el que mejor le cuadre”.

Cada danzante lleva una castañuela en cada mano, elemento muy importante para mantener la sincronía de los pasos que se van marcando. Es una compleja relación entre danza, salto, recoger la cinta y "castañear".

Los danzantes se organizan en cuatro guíos, cuatro tercios y cuatro contratercios. A cada guío sigue un tercio y un contratercio. El guío, según la posición, será delantero o trasero.

Sólo el guío y el tamburilero tienen el honor de saludar al Santo al inicio de la danza, durante su desarrollo y en la despedida. El tamburilero toca simultáneamente flauta y tambor. El nombre propio de la flauta es aquí "pito" o "pita".

La música ejecutada es el tajaraste; pero un tipo muy particular de tajaraste, sin relación con aquellos de los demás puntos de la isla.

La importancia del tamburilero es capital para el desarrollo de esta compleja coreografía.

Güimar no tenía tamburilero, éste siempre les llegaba Agache, en concreto del Escobonal.

La tradición recoge la figura de Gaspar Díaz "El Cojo de Pita", a mediados del siglo XIX, y cuyos instrumentos se fueron heredando. Más modernamente, se afirma la figura de Cirilo Díaz, "Cho Cirilo el Tamburilero", quien pasó el magisterio a su nieto... y llegamos a la figura de Don Isidoro Frías, toda una leyenda viva, extraordinario intérprete y celoso guardián de las más puras tradiciones contenidas en esta singular expresión folklórica. Más los tiempos cambian, y, como todo lo humano, no siempre para bien. Y sin duda mantener vivo nuestro folklore es identidad, historia viva, auténtica cultura... un bien que no parece posible poner en entredicho. El temor a que expresiones como esta danza de cintas y flores o el noble oficio de tamburilero se pierdan... se aviva cuando ensayadores y allegados han de esforzarse para recibir las mínimas indispensables ayudas y, lo que es peor, han de enfrentarse ante cierto abandono y el desinterés, en definitiva, al poco aprecio de ciertos sectores por nuestras expresiones más auténticas...

Recuerdo, en el municipio de Adeje, con motivo de la grabación del programa que dirigía, Tenderete, invité a participar a la danza de cintas de Güimar. Llegó como tamburilera, aportando el soporte musical, una joven mujer: Paula. Ella estaba preocupada por defender y mantener la tradición de esta bellísima danza que, como ya he señalado, nada tiene que ver con ese otro “tajaraste”, más vivo. El interpretado para la ocasión era ceremonioso, pausado, casi de tímidos pasos…

En otra ocasión, preocupado por aventar la llama de la pasión por esta valiosa joya de nuestro folclore, me reuní con Juan Carlos que estaba haciendo un valioso trabajo con gente joven… Y allí estuvo en La Bodega de Julián, acompañado de un jovencísimo tamburilero, para contarnos las vicisitudes de la danza después del fallecimiento de Isidoro Frías…

Esperemos que el dicho popular: “solo nos acordamos de la danza de las cintas de Güimar, cuando el santo está en la puerta de la iglesia” pase a la historia…

Otro ejemplo más de que "querer es poder" y que para respetar y valorar lo propio es indispensable conocerlo.

ALFREDO AYALA OJEDA

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