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martes, 15 de marzo de 2011

* ¡QUÉ ALEGRÍA, LAS ISLAS ESTÁN LLOVÍAS!

Vivir en tierras de medianías, es un auténtico regalo; disfrutar de microclimas, una bendición.

Cada amanecer, es distinto. Yo los vivo con la mismita ilusión que esperaba la llegada de los Reyes Magos, los “niños de antes “ que con cualquier juguete envuelto en imaginación disfrutaban de lo lindo.

Me suelo levantar con el oscuro y, desde ese momento, todos mis sentidos buscan, sienten o vibran, con sonidos que creía perdidos y despiertan en mí, la brisa de la emoción… Son las voces los silencios de nuestros campos: la vida de nuestra gente. Gente de medianías, de mirada limpia… que estrechan las manos para sellar un trato…

Sonidos que se entremezclan y en lo que intuyo la alegría por el alumbramiento, de un nuevo amanecer. Es, como un ensayo mayúsculo, donde empiezan a languidecer el repetitivo croar de las ranas, que apagan los mil cantos diferentes de otros pajarillos que andan y desandan su camino por el laberinto de ramas de la enredadera de papel… el gallo, desde uno a otro rincón del barranco, bravucón y valeroso busca él, su sinsentido de la vida: la lucha… y el mirlo, curioso y hambriento escarba nervioso, entre las hojas para saciar su apetito…

Allá, en las alturas, se enseñorean altivos, casi distantes una pareja de cernícalos suspendidos en el aire, esperando la oportunidad que le brinde el movimiento en falso de cualquier presa…

Hoy, un tremendo aguacero, dio al traste con mi lugar de observación. La lluvia, puso el silencio a tan natural concierto… Los campesinos, salieron de sus casas para observar riegos, verificar daños y solucionar problemas… las luces, se me antojaban fuegos fatuos: aparecía y desaparecía entre paredes y árboles… ¿todo en orden Carmelo…? Me pareció escuchar, desde el fondo del barranco que ya traía, sometida al orden, una gran cantidad de agua… La presa, comenzaba a recibir ese regalo del cielo…

Desde la altura, el agua, bajaba salvaje, sin orden. Eran, las laderas, cómo una gran destiladera que filtraba o escurría entre barro, hierbas que imaginé culantrillo y piedras… ¡que espectáculo tan hermoso…!

Vagué por mis páginas folclóricas, por escritores de coplas, por laberintos de poetas que flirteaban con la muerte, como Juan Sosa Suárez “Belarmino”: “resbalan sobre mi pecho, hojas del árbol caído”, pero preferí quedarme con el humorístico pareado de Sorondongo de José María Gil: ¡¡QUE ALEGRÍA, GRAN CANARIA ESTÁ LLOVÍA!!...

Me estaba entumeciendo y decidí hacerme un café bien caliente… A la entrada, una pareja de Cardenalito y Bronce, se hacían arrumacos…

¡¡Es la vida, en su máxima expresión!!


ALFREDO AYALA OJEDA

1 comentario:

  1. AMIGO ALFREDO QUE BONITO RELATO POR UNOS MOMENTOS ME PARECIÓ QUE ESTABAS EN MI CASA VIENDO DE CUALQUIER VENTANA EL EXTERIOR Y ESCUCHANDO LOS MISMOS SONIDOS QUE YO ME DEVUELVE A LA REALIDAD EL OLOR AL CAFÉ QUE RECIÉN ESTOY HACIENDO Y TAMBIÉN ESTA CAYENDO UNA POLVASERA DE AGUA QUE DA GUSTO ESCUCHAR EN LUGAR SECO TRAS DE LAS VENTANAS

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