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martes, 1 de marzo de 2011

* VIVIR UNAS JORNADAS CON LOS CARBONEROS

Hace algún tiempo, quizás más que menos, cuando yo me adentraba por esos campos de Dios para hablar con nuestra gente rural, me di de bruces con algo que desconocía: los carboneros. Solo había tenido contacto con el carbón para hacer asaderos familiares o multitudinarios.

De pronto, en un apartado lugar de Garafía, en los altos, casi enseñoreándome con las nubes, me tropecé a una tropilla de hombres, componentes todos de una familia. Ellos eran agricultores y pastores a tiempo parcial, pero en los momentos adecuados, hacían otras labores.

En un recodo del camino nos sentamos. Hablamos de los problemas reales y de las soluciones posibles… Nuestra conversa, giró por distintos temas: puntos cubanos donde afloraron los nombres de Bernardo, José María, Eremiot, Adrian Goyo y del Diablo de Tijarafe…

De pronto, el vino hizo su aparición y nos jincamos unos buenos lingotazos. Debajo de los pinos, hacía fresquito y con algo había que combatirlo… Risas, fiestas y hasta del portabultos de uno de los coches, salió un timplillo y un laúd que con sus notas y desafines, pasamos un rato largo y ameno… Ellos, se disponían a hacer una horna de carbón y yo que nunca lo había visto preparar, me tentó la curiosidad y con la fresquita, al día siguiente, aparecí por el llano donde ellos ya estaban dispuestos a comenzar la faena…

Comenzó así, una de las actividades fuertes y más tradicionales del monte: la obtención de carbón. Supongo que, aunque el tiempo ha transcurrido, los procedimientos empleados siguen siendo los de siempre. Algo así como si el reloj se hubiese detenido y el calendario no existiese. Mirándolos detenidamente, puede que esta familia sea de los últimos carboneros de la zona… Nos situamos, en una zona que, según me dicen, tiene por nombre “La Trabanquera”, lugar que en otras ocasiones también han instalado la horna. En otras zonas se llama también “muerto” porque al ser horizontal, tiene esa apariencia…

Preparar una horna, no es sencillo; tampoco lo es su funcionamiento que es delicado y requiere mucha experiencia…Algo que no puede improvisarse. Una labor repleta de trabajos y riesgos, donde el descuido puede dar al traste con el trabajo…

La preparación de la horna para hacer el carbón, es labor muy delicada. Primero habrá que elegir un terreno apropiado, junto a una ladera, y desbrozarlo. Se observa bien la dirección del viento predominante en la zona, y las posibles corrientes de aire. Los riesgos de una horna no sólo son para los carboneros, también pueden comprometer gravemente al monte. Junto a este terraplén se van colocando los troncos, las madres, en capas paralelas y cruzadas entre sí, formando lo que se suele llamar cama. Luego, se van cubriendo con chasca, hojas y ramas.

Arriba de la horna se han dejado unos pequeños respiraderos, a modo de chimeneas. Por la parte delantera se abre una pequeña abertura, para poder darle fuego. Ahora se recubre todo, excepto el respiradero, de tierra.

Alrededor, los bardos, se han afianzado con maderas o planchas de lata, para evitar que esa tierra caiga por los lados. Una vez que se le da fuego, también se cierra esa puertita. No se trata de que la madera arda, sino de que el vapor actúe, carbonizando lentamente la madera. Para ello es esencial evitar la entrada de aire que produciría una rápida y violenta combustión. Este proceso puede llevar sobre una veintena de días, siempre bajo la atenta vigilancia de los carboneros.

Cuando el respiradero no humea, puede considerarse que el proceso ha concluido, y con todo cuidado se procede a comprobarlo. Con sumo cuidado se retira ramas y tierra, se empieza a ver el estado de los primeros troncos. El carbón ya logrado se saca con rastrillo, aún estando ardiendo. El asfixiante humo se ataja echándole tierra. Si algún tronco está todavía en brasa, al contacto con el oxígeno del aire, arde súbitamente, y existe el peligro de que lo incendie todo. Ya dice el refrán: "El carbón que ha sido lumbre, con facilidad se prende”. Y esto es un peligro, al que siempre debe estar atento el carbonero. El trabajo de sacar el carbón es lento, penoso y muy arriesgado, entre un calor y una fumarola difíciles de soportar para quien no sea carbonero de cuna.

En medio del monte, entre tanta vegetación, en pleno reino del verdor y la fresca humedad, cuesta admitir la existencia de esta aparente sucursal del infierno.

Si damos marcha atrás en el tiempo, el carbón fue un producto de primerísima necesidad en todas las islas… Yo recuerdo que hasta bien entrado los setenta, en distintos puntos de los barrios, los carboneros vendían el producto de su trabajo. Incluso algunas frases han llegado a nuestros días: “tienes un futuro más negro que las uñas de un carbonero”.

Con el relevo de otros combustibles derivados del petróleo y con la extensión de la electricidad, hoy ha perdido su antigua importancia, hasta convertirse su obtención en una actividad prácticamente marginal, cuando no, prohibida. La figura del carbonero, cuyo trabajo implicaba la disminución forestal, ha sido siempre motivo de limitaciones legales. Tal vez por ello, el carbonero llegó a encarnar popularmente a un símbolo de la libertad, eludiendo las leyes, y relacionándole directamente con la grandiosidad salvaje del monte.

Los carboneros que todavía hoy continúan en activo, logran la producción muy limitada y costosa de un artículo escaso, incluso raro que, tal vez por eso mismo, asegura su venta. Pero su coste en trabajo y medios es cada día más elevado.

Estos carboneros ocasionales, con los que tuve el honor de compartir tiempo y faena, continúa carboniando más que como negocio, como una tradición…

Los carboneros en Canarias, es uno de los tantos oficios que ha engullido el progreso.
ALFREDO AYALA OJEDA

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