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martes, 8 de noviembre de 2011

* LA PAPA, DESDE LA LEPRA Y LA LUJURIA A LA BENDICIÓN

Cada vez que recalaba por Tenerife, aprovechando la fresquita, Sergio Correa y yo, frecuentemente, hacíamos un recorrido habitual que titulábamos la “senda de los elefantes”. Desde las ramblas, encaminábamos nuestros pasos, con andar reposado, hacia la recova Nuestra Señora de África. Solíamos, además de saludar a numerosos amigos, disfrutar con el trajín de idas y venidas de público y puesteros, de entrada y salida de mercancías. En cada ventita hablábamos de curiosidades de los productos de la tierra, de quesos de bendición, de especias… Muchos productos, casi desconocidos en las islas orientales, aquí eran demandados por la concurrencia. Nos sorprendían los precios de las papas negras o yema de güevo, de las azucenas, bonitas… y hacíamos comparación con las papas que nos llegan de fuera y que solemos rechazar por aguachentas…

Entre cafenes, charla, paseo y saludos, pasábamos la mañana. Era frecuente que interrumpieran, de manera afectuosa nuestra conversa, algún enamorado de La Bodega de Julián y le pidieran a Sergio Correa que contara “el último chiste”…

Vienen estos recuerdos de recaladas matutinas porque en la soledad, en mis actuales tierras de medianías, en los altos del municipio de Guía, mi familia, en unas pequeñas cadenas de tierra, ha decidido a plantar unas papitas para el consumo familiar. Desde el primer momento, día tras día, he seguido el proceso… Viéndolos preparar la tierra, casi al alba para evitar los rigores del solajero, abriendo surcos él, con el sacho, encorvado, peinando el terreno mientras ella, repetidamente, con el plantón, hiere la tierra para depositar la semilla, compruebo que los tiempos poco o nada han cambiado… Que en esta latitud, para la gente humilde, el sacrificio de labrar la tierra, esta muy próxima al sacerdocio…


Mientras las horas pasan y ellos continúan sus labores, repaso algunas de mis notas mentalmente y me viene al tino la cruda y dramática copla de Sindo Saavedra que, en cinco versos, retrata de manera certera, el duro trabajo del campesino:

Dicen que porqué no sé

De qué color es el cielo

Cómo lo voy saber

Si desde el amanecer

Lo paso cavando el suelo.

Es una historia repetida una y mil veces… Porque el campesino, rico solo en problemas, cada vez que prepara la tierra sabe a los mandamientos que se expone. No basta con arar y sembrar. Tampoco, con elevar oraciones a santos y vírgenes. Se enfrenta a numerosos inconvenientes que debe sortear: plagas, sequias, viento, sol… Obtener una buena cosecha, es casi un pequeño milagro.


Mi familia, está forjada por los inconvenientes. Su lucha contante contra la adversidad, los ha ido dotando de un temple digno de admiración y de una fe inquebrantable.

Cada día, llueva o brille el sol, recalan por las tierras… Miran al cielo esperando que la generosa lluvia les alivie gastos… Observan la tierra, esperando que las “orejillas” de las papas, broten… Poco a poco, crece la planta alegrando el campo… Transcurrido unos meses, la matas se coronan con una vistosa flor que lentamente va perdiendo su esplendor… llega el momento de la recogida… La voz corre por la vecindad… La familia y amigos, se reúnen para la ocasión… El olor a tierra mojada aromatiza la zona… Es un momento festivo que nos dejará en el cuerpo unas agujetas que durarán unos días…


Mi familia, desconoce, el tortuoso camino realizado por la papa hasta llegar a Canarias porque ellos, como hicieron sus padres y abuelos solo se han preocupado de mantener viva la tradición: celebrar el momento de la recogida con un sancocho en la misma zona de cultivo, como agradecimiento a la madre tierra… tener unas papitas en casa para atender la necesidad de la familia; conservarlas en cuevas cubiertas por helechos…

Quizás por eso, quise escribir este artículo, recopilando información sobre la historia de la papa y su consideración de alimento imprescindible, en la mesa de cualquier isleño…

Uno de los sabrosos artículos que encontré está firmado por Javier Peláez y publicado en “Actualidad.Portada”, del que entresaco lo siguiente:


“Cuando la papa llegó a Europa, a mediados del siglo XVI, pocos la consideraron una alternativa gastronómica a nada de lo que ya existía. En realidad, nuestra ahora indispensable patata tuvo que soportar estoica los improperios de una sociedad que le achacaba ser un alimento maldito. Las razones de sus difíciles comienzos son variadas, pero el hecho de que algunos tildaran a la patata de ser un alimento de pecado, ya que no aparecía en la biblia, no ayudó a su introducción y alentó a que, durante algo más de un siglo, se acusara a la inocente papa de ser la responsable de casi cualquier mal, plaga o enfermedad.

Mi buen amigo José Miguel Mulet, director del laboratorio de crecimiento celular de la Universidad Politécnica de Valencia, me contaba varias de las acusaciones que cayeron sobre la indefensa patata, víctima de la superstición de aquellos oscuros días.

En 1619 en Borgoña se prohibió el consumo de patatas haciéndolas responsables de los múltiples casos de lepra, que por aquel entonces azotaban la comarca. Incluso, dos siglos después de que Cieza de León probara aquel bocado, las supercherías seguían bien presentes en Europa, cuando en 1774 y para paliar la hambruna que azotaba la ciudad de Kolberg, el rey de Prusia Federico II, envió un cargamento de patatas que los habitantes de aquel lugar rechazaron debido al miedo que aún existía respecto al pobre tubérculo. Por lo visto muchos preferían morir de hambre antes que darle un mordisco a aquella insolente pecaminosa surgida de las entrañas de la tierra, hasta el punto de que el monarca se vio en la tesitura de tener que enviar soldados para obligar al pueblo a comerse las papas. Fueron necesarios casi dos siglos para que las mentes más cerradas aceptaran el uso de la patata…”
De esta otra fuente “D. Eovaldo Hernández Pérez. Profesor Fitotecnia y Bioquímico. Libro las Papas Antiguas de Canarias (pag. 1-14). APAC, 2002 entresaco estas notas:

“En sus primeros años en Europa la papa tardó en ser aceptada como alimento. En parte, este rechazo se debió a que la planta pertenecía a la misma familia (Solanáceas) que la belladona, una planta venenosa. Además, a la papa se atribuyeron una serie de cualidades indeseables (insípida, difícil de digerir, alimento de cerdos). El botánico suizo Caspar Bauhin, quien fué el primero en describir la papa en su Phytopinax (1596), la llamó Solanum tuberosumesculentum , la asignó correctamente a la familia de las Solanáceas, pero anotó también que producía gases y lepra y que "incitaba a Venus" (es decir, promovía el deseo sexual). Por eso se la llamó "manzana de Eva" y "testículos de tierra". Además, era un fruto que estaba enterrado y la Biblia no citaba alimentos de este tipo, por lo que debía ser un fruto del diablo. Estas características indeseables contribuyeron a que se evitara el uso de la papa en muchas partes de Europa y que se tardara años en cultivarla en Alemania y Rusia, a pesar de que los líderes europeos reconocieron que su productividad y calidad nutritiva era superior a las de los cereales (particularmente en regiones frías y secas).

Aparentemente, esta mala fama de la papa no fue conocida en Canarias y, caso de conocerse, no tuvo efecto alguno sobre su consumo, ya que desde finales del siglo XVII, el cultivo fue ganando en importancia, como lo atestigua el momento a partir del cual el diezmo de papas se individualiza en los registros de la Iglesia. Así , mientras en Gran Canaria hay que esperar hasta 1809 para ver a las papas fuera del grupo que forman "huertas y pollos", en Tenerife el registro "papas" aparece individualizado desde 1681 (Macías, 1986)."
Desde 1622, la fecha citada por Viera para la llegada de la papa, transcurrirá un siglo para volver a encontrar una mención escrita sobre el cultivo, y ésta la hace Don Pedro Agustín del Castillo, quien, en 1730, en su "Descripción histórica y geográfica de las Islas Canarias", con referencia a Gran Canaria, dice:

... produciendo en su cultivo todas las frutas de España y otras de Yndias, como son: plátanos, papayas, hanones y guayabas, patatas y papas en abundancia, estas últimas de extraños climas traidas a estas islas. Es decir, ya en el primer tercio del siglo XVIII las papas se producían "en abundancia".
No he querido extenderme más en este escrito sobre la papa, un símbolo de Canarias que esta rodeada de coplas y de curiosidades que prometo, en mejor ocasión, abordar de nuevo.


ALFREDO AYALA OJEDA

1 comentario:

  1. Alfredo Ayala; el artículo que has publicado en Etnografía y Folclore sobre las papas es muy lindo, emotivo e instructivo.
    El seguimiento que les has hecho, incluso con las preciosas fotos a las papitas de esa pareja que con tanto esmero cuidan en su huerto para el consumo de la familia, es precioso.
    Cuando dices que, “las papas asoman las orejitas” me emociona la frase porque así es, verlas nacer dan inmensa alegría, sientes que tu trabajo está siendo recompensado, se te olvida que mientras realizabas la preparación del huerto te cayeron las gotas de sudor y se te introducían en los ojos y quemaban como pimienta, y qué decir de las agujetas y de alguna “gallina” en las palmas de las manos (son bolsitas de líquido que se producen por el roce del sacho y del plantón). Alfredo; esperemos con paciencia a que esta pareja, cuando cojan sus papas nuevas, nos inviten para ir a ayudarles, y después saborear el estupendo sancocho canario con las papitas nuevas, el cherne salado, las batatas, la pella de gofio, con el famoso puño y el buen mojito picón, y a continuación, que suenen las guitarras, timples, bandurrias y esa voz maravillosa que tienes a tu lado. La voz de Lydia Díaz.
    Muchas gracias, Maestro por tu sensibilidad hacia todo lo relacionado con nuestra Etnografía y Folclore.
    Guille Pérez

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