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miércoles, 10 de marzo de 2010

* LA CAJA DE PESCADO

Hoy Cuba es otra cosa, pero sigue teniendo sangre canaria. De ahí el entendimiento entre cubanos e isleños.

Cuba, la "Perla del Caribe", goza entre los isleños de gran consideración. Es, casi la isla mítica, que eligieron nuestros mayores para iniciar la emigración como réplica a la esclavitud en que se vivía en las islas, dominio de los señores terratenientes.

El dinero de la emigración sirvió para sacudirse ese sometimiento y adquirir algún puño de tierra en propiedad que le diera el fruto necesario para prosperar y sacar adelante la familia.

Pero cuando se dice me voy a Cuba, gran parte de los viajeros isleños, sólo piensan en esas mulatas de mirada desafiante, con las que te puedes revolcar en las playas de Varadero, en la intimidad de los hoteles o donde se te suba la libido. Las mulatas no tienen ese concepto que tienen los canarios, sobre el sexo y cuando un isleño pone el pie en la isla caribeña piensa cuando se le acercan, que han ligado, que son unos don Juanes, que son irresistibles. Las cubanas piensan que tienen necesidades, que es un dinero extra que reciben, que comen en restaurantes que están fuera de su alcance y que tienen, además, la posibilidad de salir de esa isla dictatorial y labrarse un futuro más próspero, acorde con los tiempos en que vivimos.

Pues bien después de este preámbulo tengo que presentar al ingenioso protagonista de este episodio: Macario.

Macario es muy amigo mío. Un hombre con suerte dicen muchos porque ha montado una serie de negocios que marchan sobre ruedas y en su saneada cuenta corriente aparecen cifras que yo no sé ni escribir --yo desde que pasa de las trescientas mil me pierdo --.

Es, como muchos isleños, un gran aficionado a la pesca. A veces, me cuenta que sus capturas son extraordinarias. Y yo como de pescadores y cazadores me creo poco sus historias, el intenta convencerme dándome detalles, tamaño y hasta pedigree, si hiciera falta, para llevarme al huerto. Pero el que no admite, el no y que tiene más moral que el que inventó el submarino descapotable, me pega unas palizas cada vez que me ve, que me deja groggy.

Pero salvada su pasión por la pesca, lo considero como un hombre ingenioso y dicharachero. Tesonero como él sólo, es capaz de vender un caballo cojo para que participe en la Olimpiada. Trabajador como el que más, su tiempo lo dedica a vigilar sus negocios y en salir con su familia. Sólo hizo una salvedad cuando dijo el "sí quiero" en la parroquia del Carmen en la Isleta: de los cuatro fines de semana del mes, dos son sagrados para la familia; los otros dos son para mi afición favorita: la pesca.

Macario, empezó pescando por los veriles de la isla, en esos pesqueros que cada pescador tiene como lugar secreto y que guarda en el más absoluto silencio, para nadie se acerque por sus alrededores. Comenzó con su caña de lanzar, su ración de gambas, el engodo y una modesta caja de prevenciones.

Pero, como en los negocios las cosas le iban de maravilla, se compró mejor material de pesca y empezó a desplazarse a Fuerteventura. Salía los viernes, en las primeras horas de la tarde y regresaba en el avión de los lunes. Llegaba luciendo un color moreno que despertaba sana envidia y totalmente relajado. En uno de esos viajes coincidió con un amigo que le metió en el sentido la tentación de escaparse un día a Cuba y que en vez de ir a pescar viejas y sargos, en lograr capturas más grandes: jóvenes morenas en el Caribe. No le disgustó a nuestro hombre la proposición. Aparcó sus trebejos de pesca en el coche, preparó su pasaporte y agarró un billete para pasarse el fin de semana en La Habana.

Para ello los viernes agarra su avión y se va a Cuba, donde trinca una mulata que le espera en el aeropuerto cubano y le echa toda la carnada que puede. El domingo, vía Madrid emprende el regreso y a la llegada al aeropuerto de Gran Canaria, le espera un amigo con una caja de pescado fresquito que lleva amorosamente a su casa. Su mujer le recibe con los brazos abiertos y le prepara para la cena, las mejores piezas. Al mediodía, seguramente, no puede almorzar, porque está preparando el engodo para la próxima pesca.

ALFREDO AYALA OJEDA

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