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domingo, 14 de marzo de 2010

* LA APAÑADA DE COFETE

Las Islas Canarias... Siempre sorprenden, cautivan y enamoran. Cada vez que me alongo ante la grandeza de estas playas de Fuerteventura, me asalta la misma pregunta: ¿Qué paleta, por delicada que fuese, podría reflejar los increíbles matices de estas aguas de ensueño, de estas arenas que parecen no tener un límite? Habría que tener unos colores que no existen aún y unos ojos del alma siempre limpia... ¿Y cómo expresar con palabras este rumor de las olas, respondiendo al silencio, que traen y llevan los recuerdos más hondos del isleño?

Por eso, cuando el sol se oculta regalándonos todavía sus últimos destellos para abrirnos la noche, despierta un sentimiento intenso y poderoso, tan irresistible como este paisaje… Entonces, siento el latido profundo, íntimo de la tradición... Tradición viva y repartida por cada palmo de nuestra tierra canaria. Un latido que palpita vivamente en costumbres transmitidas de generación en generación. Aquí, por ejemplo, en la Fuerteventura rural, esa otra cara de la isla, a tan sólo unos pocos kilómetros de estas mágicas arenas...

Hoy, voy a ser testigo de una de las tradiciones con más arraigo en la isla de Fuerteventura: “La apañada”.

En Fuerteventura, las apañadas se suceden cada cierto tiempo a lo largo del año y en distintas zona de la isla. La más importante y numerosa, tiene lugar en el sur, concretamente aquí, en Cofete. Son miles las cabras por ''apañar'' que andan con libertad por estas extensas y yermas planicies, azotadas con virulencia por el sol. Por ello sorprende que el animal más abundante de la isla, la cabra, pueda sobrevivir en condiciones tan adversas.

En estas tierras majoreras, fiel reflejo de la costa sahariana, el panorama es tan desolador que cualquier esperanza de vida parece próxima al milagro...

En Fuerteventura el clima se define por una implacable aridez: de un lado, le influye la situación geográfica, de otro, el escaso relieve. En esta zona sureña, el Pico de la Zarza alcanza la mayor altitud de la isla: 807 metros. Y en cuanto a precipitaciones, el rasgo más destacado es la carencia; el ritmo de lluvias es irregular, con años extremadamente secos y algún otro con elevadas precipitaciones. Por ello, el majorero, que mira al cielo en continua espera, distingue los años como ''buenos o ruines'' según lleguen las lluvias.

Los vientos alisios, procedentes del anticiclón de las Islas Azores en contacto permanente con las aguas frías de la corriente de Canarias, aportan aire fresco y húmedo en superficie, que al contacto con las capas de aire cálido existente, originan el mar de nubes. En otras islas de mayor relieve, sus montañas hacen de frontón, deteniendo las nubes para que descarguen y empapen la tierra; pero aquí, en Fuerteventura, la planicie de su perfil facilita que las nubes pasen de largo, sin detenerse apenas. Si a esto se añade la falta de atención por estos eriales, los procesos erosivos naturales, y la dura costa calcárea del suelo, contraria a toda fertilidad, nos encontramos ante una situación dramática.

Miguel de Unamuno describió de manera desgarradora y exacta el paisaje majorero diciendo:  
"Es ruina de volcán esta montaña
por la sed descarnada y tan desnuda
que la desolación contempla muda
de esta isla sufrida y ermitaña."
Ante tan dura realidad, la exigua y dispersa vegetación, se ha adaptado a estos arrifales para sobrevivir, aprovechando al máximo los escasos recursos. La certera y precisa pluma de Unamuno acertó, una vez más, definiendo la puntiaguda aulaga como "esqueleto de planta".

Monumento al pastor, en Cofete

Pero el sufrido majorero, rodeado de tierras improductivas y agrias. Avasallada por el sol, ha sabido adecuarse a tan adversas condiciones. Y en este decisivo afán de superación, de lucha continuada contra territorio tan hostil, ha sido capaz de elevar a un animal alocado y difícil, la cabra, hasta el lugar más productivo de su especie. Para ello, el pastor majorero, distingue y explota de tres maneras diferenciadas a las cabras.

Este original sistema de explotación lo condiciona la orografía, la propiedad del suelo, y el carácter individualista del propio animal.

La "jaira" es la cabra mansa, estabulada, que el pastor tiene en la azotea, en el traspatio o en un corral próximo. La jaira recibe un trato casi familiar, y su alimentación suele ser distinguida: horruras de la casa, un puño de alfalfa o ración de millo. Este animal se selecciona entre los mejores del rebaño que posee el pastor. La “jaira” es la encargada de suministrar la leche necesaria para el consumo familiar.

Según los estudiosos, la “jaira” supuso un proceso lento y continuado, fundamentado en esos viajes de ida y vuelta en la exportación de tomates y plátanos. De esta manera, llegaron a la isla cabras procedentes de distintos puntos de Europa, que, cruzadas con selectos garañones, elevaron la calidad de los ejemplares existentes.

Por otra parte, tenemos la "cabra de ganado", cuyo método de crianza es el más extendido. El pastor, tradicionalmente provisto de su lata, palo flexible terminado en punta de hierro que le sirve para salvar, saltando con su apoyo, la dificultades del áspero terreno, siempre en compañía de su fiel perro bardino, saca su ganado al campo a pastar, durante horas camina y cuida con todo esmero su rebaño. Estos ganados, que oscilan entre cientoveinte y cuatrocientas cabezas, son los de mayor dimensión.

Al caer la tarde, regresan a los corrales y allí reciben una alimentación complementaria. Y, finalmente, está la "cabra de costa", protagonista fundamental de la apañada.

La cabra de costa constituye la reserva de carne del pastor. Son cabras que el pastor, por distintos motivos, no puede atender. Por eso las suelta en estas extensas planicies y se desentiende de su cuido y mantenimiento.

Se llama "cabra de costa" por que para el pastor, la costa no es la orilla del mar, sino aquellos terrenos improductivos, carentes de valor agrícola.

Y por esos yermos las cabras vagan a sus anchas, haciendo gala de una enorme sobriedad y adaptación.

En estas costas las cabras, garañones y baifos viven en estado semisalvaje y caminan permanentemente, bien para llegar a los nacientes en busca de agua "fresquita" o hasta encontrar algunas matas para ramonear.

Estas cabras dispersas y vagabundas son de distintos propietarios. A modo de identificación, tienen en las orejas unos cortes, marcas o golpes que indican quien es su dueño. Por todo ello, cada cierto tiempo se llevan a cabo las "apañadas": una manera de controlar el ganado para marcar las nuevas crías y retirar ejemplares que suministren carne en cada casa o para cumplir con los compromisos apalabrados.

Llegué en fechas próximas a las fiestas de Nuestra Señora del Carmen, y para la ocasión, los pastores habían organizado una apañada. Previamente, y en presencia del alcalde del municipio, se elige al comisionado, quien será el encargado de dictar sentencias en caso de dudas. Esta vez, el nombramiento señaló a Juan Pérez como responsable.

Y a la hora convenida, con la fresquita, los pastores van llegando con relativa puntualidad. Juan Pérez organiza y distribuye a los hombres por los lugares habituales.

Hoy, no hay demasiado optimismo porque el tiempo reinante es de bruma y la falta de visibilidad en las crestas y barrancos constituye un obstáculo serio para apañar todo el ganado suelto, que se estima en unas tres mil cabezas. Los perros majoreros están inquietos y juguetean entre sí, aunque alguno saque a relucir su mal talante, y reciba la reprimenda del amo. Cada grupo o cuadrilla se distribuye por distintos puntos, por donde anda el ganado suelto: Pecenescal, Pico de la Cagá, Rincón del Laurel, Los Canarios, Esquinzo, Malnombre...

Es el inicio de la apañada. Todos, sin excepción, estratégicamente intentaran reunir el ganado disperso, en estado semisalvaje, en un punto concreto llamado gambuesa (corral de piedra seca, con distintos compartimentos).
Poco a poco se refleja en las subidas y bajadas el duro trabajo del pastor y su mundo. Quisimos saber de ellos, escucharles, verles trepar auxiliados por su ancestral lata ante la atenta mirada de su fiel bardino o verdino; acercarnos a su pequeño universo para constatar que la existencia del pastor, su afán y su empeño, sigue llena de vida. De tradición interrumpida desde tiempos de los que apenas queda hoy otra memoria...

Cuando los hombres iniciaron la apañada, me quedé atrás para observar el cuido que hacen de estos animales… Los pastores, para paliar la carencia de agua, habían instalado bebederos para los animales de la zona. Estos originales ganaderos, desde la lejanía, saben sin embargo de las necesidades de los animales. Cada semana, llevan a este punto unas tres cubas de agua para aliviar la sed de las cabras, ovejas y burros que andan sueltos en completa y esquiva libertad.

Seguidamente, abandoné a estos pastores que abiertos en abanicos empujaban y arreaban el ganado hacia la zona de Cofete… Emprendí, tras desandar camino a la otra cara de la isla, paso obligado para llegar a la gambuesa donde se concentrarían las cabras de costa.

Al pasar por el pueblo marinero-pastor, me paré para observar con detenimiento el gigantesco monumento "Al pastor majorero", justo símbolo del no menos gigantesco esfuerzo de estos hombres durante siglos.
Con algunas dificultades, salvadas por la experiencia de los propios del lugar, seguimos la ruta, atraídos por la intensa llamada de la tradición que aquí se deja sentir a cada paso. Hombres y perros desde las crestas de las montañas hasta la hondura de los barrancos se han distribuido estratégicamente para empujar al ganado; peinan la zona, a la vez que vocean y silban. Acosan a las cabras y las empujan para que no se encueven o salven el cerco... Los perros tejen y destejen por las laderas en implacable persecución a los animales… suben y bajan imponiendo sobre los esquivos animales que persiguen, su recio carácter... Reina el mal tiempo y la bruma dificulta la localización de las cabras; la tarosá añade una dificultad más al movimiento de pastores y ganado.

Algunas crías, perdidas en la alocada carrera, son recogidas por los pastores… También, algunas cabras jóvenes, aquí llamadas "machorras" que han pasado tiempo sin entrar en otras apañadas, son recogidas para marcar.

La apañada de cabras de costa, en su versión actual, tiene su aspecto deportivo. No en vano la lata, el hastia, el regatón, que de todas estas maneras se llama el palo que auxilia al pastor para salvar la hosca orografía del terreno, ha pasado de la tradición a componer una de las modalidades deportivas más propias del archipiélago canario.

Con relativa fortuna, un buen puño de ganado viene bajando por la falda de la montaña... Los hombres, cerrando el cerco, forman un largo pasillo para conducir los animales hasta la gambuesa. El ganado es remiso a dejarse encerrar. Basta que una de las cabras traspase la puerta de la gambuesa para que el resto la imite. El ganado llega cansado a este viejo soco levantado con piedra seca. Tras todo el día en continuo trajín por montes y laderas, llega el momento justo para que hombres, perros y ganado se tomen un descanso.

Mientras los pastores corrían todavía por esos montes persiguiendo al ganado, en las afueras de la gambuesa se había preparado una exquisita carne de cabra compuesta. También se sacrificó, para agasajarnos, un macho joven, propiedad de todos los ganaderos. Se sabe que uno de estos animales es propiedad comunal cuando tiene en ambas orejas una pérdida de tejido llamada "despuntá".

Julián, al soco de los muros de piedra seca, esperaba pacientemente la llegada de hombres, perros y ganado… Él, hasta no hace mucho, corría por estos rugosos aledaños. Lo saludamos y nos recuerda aquellos tiempos en que por estas escarpaduras corría entre las cabras. Hoy, puntual a la cita con la tradición, mece tranquilo la memoria.

Este descanso sólo se vio alterado por la pechada de unos bardinos que aprovecharon un momento de descuido para saldar viejas rencillas... Tamaña reyerta sólo se interrumpió cuando un cacharro de agua "enfrió" los ánimos.

Pastores, familiares y amigos, de manera distendida se refrescan y almuerzan para reponerse. Algunos aprovechan el momento para el intercambio de animales que pueda mejorar la calidad de su rebaño.

En el interior de la gambuesa, también los animales se relajan, mientras que los fogosos machos intentan afanosamente montar a cuantas cabras estén en celo.

Pese a las muchas dificultades, una vez más, la apañada se va resolviendo satisfactoriamente. Sin embargo, la realidad y el deseo rara vez caminan juntas: la explotación del ganado de costa deteriora progresivamente el suelo, limitando el crecimiento de la escasa vegetación endémica.

Tras el breve y ameno descanso, se reanuda la actividad: una fila de pastores, bajo la atenta mirada del comisionado, acorrala sucesivamente a pequeños grupos para la selección o ajije.

La gambuesa posee tres compartimentos: en el mayor o comunal se agrupa el ganado para selección. Otro, donde se reserva para los animales que ya están marcados, de los que se sabe quién es le dueño, y que están dispuestos para ser devueltos a la costa. Y un último y tercer espacio donde se aparta el ganado acerca del cual se tiene dudas, el que se va a sacrificar y aquel que queda por marcar y ajijar. Ajijar, es localizar a la madre de las crías que perdidas entre la cantidad de ganado apañado, balan insistentemente…

Los más jóvenes, “guaniles”, voz que califica a los que aún no tienen marca, una vez se tenga la certeza de quién es la madre, se le practican las mismas marcas, cortes o golpes en las orejas.

Las baifas que han perdido a la madre o han llegado hasta aquí perdidas o desorientadas, balan insistentemente, en un intento inútil por localizarla.

Algunos ejemplares son apartados y colocados en jaulas... La libertad por los campos ha llegado a su fin: unos tendrán el destino de renovar la sangre de los rebaños semiestabulados, otros serán vendidos o sacrificados para agasajar, con el tradicional puchero de carne de macho, a cuantos familiares y amigos han venido desde distintos puntos de la isla a gozar de las señaladas fiestas en honor a Nuestra Señora La Virgen del Carmen.

Hoy como ayer, estos pastores conservan, invariablemente, la pureza que dicta la tradición. Ellos son historia viva y continuada de ese intenso latido isleño que resuena con acento de identidad y nos muestra los valores más propios de todo un pueblo.

Los más jóvenes aprovechan el relajamiento del momento para iniciarse e imitar a sus mayores... La intensa, larga, y agotadora jornada ha llegado a su fin.

Lentamente, los animales regresan a las montañas y barrancos; mientras, los hombres, con el trabajo bien hecho, cumplido como un deber y un rito, se agolpan a las afueras de la gambuesa. Suena el timplillo, rompiendo el silencio limpio y solemne del atardecer. Se suceden las inconfundibles y salpiconas polcas majoreras.

Una sencilla alegría, honda y natural brota espontánea y nos hermana; es un aire de fiesta donde late Canarias pura y verdadera, uniendo por su tradición cumplida sentimientos tan firmes, tan singularmente nobles y hermosos como esta tierra y este mar que hacen del canario cuerpo, voz y alma de sus islas.

ALFREDO AYALA OJEDA

3 comentarios:

  1. LA PROXIMA SEMANA, COMO COMPLEMENTO A ESTA "APAÑADA DE COFETE", EMITIDA POR TELEVISION CANARIA DENTRO DE LA SERIE "ANDAR CANARIAS", LES HARE UN RELATO SOBRE LA VIRGEN DEL MAR, LA VIRGEN DEL CARMEN. pORQUE ESTA APAÑADA DE COFETE QUE SE CELEBRA EN VISPERAS DE SUS SEÑALADAS FIESTAS, SE REALIZAN PARA RECOGER DE ESA DESPENSA VIVA DE COFETE ALGUN MACHILLO PARA HACER EL TRADICIONAL "PUCHERO"... Y CONOCERÁ A RAMÓN UN HOMBRE QUE HA HECHO UNA PROMESA DE POR VIDA...
    HASTA ENTONCES.

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  2. Mónica Santiago Reyes14 de marzo de 2010, 20:13

    Don Alfredo, ¿cuántas vidas se necesitan para vivir tantas experiencias? Le felicito amigo, por toda su trayectoria profesional, es un placer leer sus artículos.
    Saludos

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  3. Hola Mónica, gracias por visitarnos en este blog que dirige Lydia Diaz y que le pone todo el amor y los conocimientos del mundo para que llegue a cuantos nos visitan... Yo siempre uso una frase que no es mia es de un francés de nombre Pool y de apellido Sartre que dice: "la felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace" y yo soy feliz con mantener una conversación con un campesino o un tendero, tomar unas notas, documentarme y después buscar la manera más coherente de contar la historia, de manera sencilla... También es cierto que después de recorrer mundo, me encuentro con la ventaja de ver las islas sin ombliguismo, lo que me da la amplitud de ser canario de todas y cada una de las islas...

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