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domingo, 17 de junio de 2012

* UN SANCOCHO ILUSTRADO…


Se vivía a todo trapo la festividad del Día de Canarias… En cada rincón, un acto, una romería, un encuentro de Lucha Canaria, festivales folclóricos, suelta de palomas, exposiciones de perros, muestras de artesanía. De todo un poco o un mucho, según se mire.  No quedaba manifestación que no estuviera incluida en un programa de mano o en cartelería… Algo así como querer hacer en un solo día, lo que ha dejado de hacerse a lo largo del año. No quise participar en ninguna de ellas porque, como me decía mi maestro Paco Navarro Artiles, en este día grande de nuestra comunidad, es precisamente el único día del  año que me lo tomo de asueto. Vamos que no doy un golpe.  Lo dedico a leer, a estar con los míos o a ir a mojarme el culillo en cualquier charco, de los numerosos que tiene nuestro Archipiélago.

Me llamó la atención en este día grande para los isleños,  que en algunos puntos se ofreciera, a cuantos por allí recalaban una paella, algo que ya parece típico en Canarias. En contraste, en el Caidero de Gáldar, en el que el ofrecimiento estaba más acorde con el lugar donde se vive: un potaje, quesito y gofio. Vamos que el  Día de Canarias, se ha convertido en casi la “antología del disparate”.

Pero por mucho que uno diga, escriba, comente y la haga llegar a los despachos donde se deciden y se aportan los duros para las celebraciones, pues parece que no tiene solución o por lo menos, no quieren dársela.

Nosotros, en la intimidad de la casa, en familia, nos “jincamos” un sancocho regadito con un buen vinito de la tierra del trigo: “El Natero”. Desde primeras horas del día anterior, pusimos el cherne salado en remojo. En varias ocasiones el agua…  La batata, amarilla, de jable, procedía de Lanzarote. Concretamente de San Bartolomé… Las papitas, cebollas y perejil, recién cogidas del pequeño huerto que tiene mi suegra…

Al día siguiente, mientras cherne, cebolla y perejil  estaban al fuego empecé mi alegato…

Lo que son las cosas – pensé para mis adentros mientras majaba en el mortero los ingredientes de un mojito, picón y valiente… “Antiguamente, cuando no existía el frío de neveras y congeladores, nuestra gente conservaba los productos del mar, de una manera curiosa. Cuando las faenas del campo, en verano,  tocaban a su fin, las familias,  se acercaban a la orilla del mar a echar el día de pesca y marisqueo. Si era abundante la pesca, pues la repartían entre los vecinos. De esa manera, no solo no se estropeaba. También,  quedaba comprometido el vecino, cuando fuera de pesca, a actuar de idéntica manera.  Era, el hoy por ti, mañana por mí”.

En el otro fuego, puse por riguroso orden las batatas, con cáscaras, bien lavaditas, cortaditas en rodajas, en el fondo del caldero… Luego las “papitas” de esta bendita tierra, el agua y la sal…

Al añadir la sal, volvió a mi mente aquella ocasión en que pisé Caleta de Sebo, minúscula capital de la isla de La Graciosa. Una isla en la que me sentía, moderno Robinson y que comenzó su poblamiento al soco de la instalación de la industria de la salazón que trajo la prosperidad hace ahora unos dos siglos y medio.

Frente a La Graciosa, había unas salinas que se usaban para la salazón. También, en una zona  próxima a las salinas, existía un naciente de agua al pie del farallón de Famara, que permitió no solo el florecimiento de las empresas, también el modo de vida de familias enteras.

En las islas, había salinas en casi todas las zonas costeras.  Yo las he transitado casi todas. También las he visto destruir para levantar tremendos edificios donde hospedar al turismo.  Porque el turismo necesita  lo mismo que el cultivo de la sal: mar y sol… Así una tras otra, fueron cayendo bajo la piqueta, el progreso y las islas, poco a poco, por una  explotación turística incontrolada, se han convertido en el disparate ecológico que desde hace años viene destrozando Canarias...

El Sancocho, estaba a punto.  Humeante, se puso en la mesa, mientras amasaba una pella con gofio, sal, agua y plátano.  La pella, quedó en su punto. Mientras observo la mesa, recuerdo a mis padres y abuelos que en sus tiempos, el pescado salado era una comida humilde, de pobres… Hoy, andando el tiempo, la miseria de ayer se ha convertido en el lujo de hoy…

Mientras saboreamos el sancocho, adivino, sin ser Rapel, el plato de encebollao que me espera…

ALFREDO AYALA OJEDA 

1 comentario:

  1. MAESTRO ALFREDO. NO SABÍA QUE HACER PA COMER Y LELLENDO ESTO CASI ESTOY ALMORZADA, CRISTIANO ME LLEGA EL OLORSITO A MI CHOSO,FITE...TU PARECE QUE ME SUPO Y TODO ...BUENO YO TENGO UNOS TOMATES DE LA GUERTA ECOLOGICA QUE TENEMOS ,BUENO AHORA SE LE LLAMA ANCINA , YO NO VEO DIFERENCIA NENGUNA DE CUANDO MIS PADRES PLANTABAN ,BUENO SIGO CONTANDOLE TAMBIEN UNAS CEBOLLAS GUALLONJA, QUE HE REMOJADO EN AGUA Y VINAGRE MACHO ,YA TENGO JIRVIENDO LAS BATATAS DE LLEMA DE GUEVO QUE COJIMOS AYER Y QUE HAY QUE ACECHAR PA QUE NO SE REGUISEN ,Y DE CONDUTE UN PULPO DE PUNTA HIDALGO ,COGIDO A PULMÓN POR MI MARIDO , Y PA MÍ COMO SOY ALERGICA A LOS MARISCOS CEPIAS Y MAS DERIVADOS RICOS DEL MAR , POS ME JAGO UNAS SARDINAS SALADAS Y COMO NO LO REGAMOS CON VINITO DE LA PADILLA ,SI GUSTAAA... LA MESA ESTÁ SERVIDA

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