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viernes, 3 de agosto de 2012

* LA RAMA HAY QUE VIVIRLA


Decía, en tono poético, el escritor grancanario Emilio Déniz: “Agaete, es un pueblo singular del que alguna vez he dicho que si el cielo existe, tiene su entrada por allí… Eso lo vieron desde siempre los poetas y cristalizó en la veneración que Alonso Quesada, Tomas Morales y Saulo Torón sentían por esta villa “Puerta del cielo”…

La villa de Agaete, se extiende de cumbre a mar y que está situado al oeste de la isla de Gran Canaria. Su superficie roza los 60 kilómetros cuadrados y dista de la capital de la isla unos 30 kilómetros. En estos días, Agaete, está en fiestas. Unas fiestas, multitudinarias, participativas y divertidas, en las que no se regatean esfuerzos en honor de Nuestra Señora la Virgen de Las Nieves, co-patrona del municipio… Contrariamente a lo que se piense, la Inmaculada Concepción es la patrona de Agaete y tiene su festividad cada 8 de diciembre.

Retrocediendo a tiempos infantiles, recuerdo que en el chalé de mi tía Peregrina, en el mismito corazón de Ciudad Jardín una tarde sí y otra también, poetas y escritores, hombres y mujeres de la cultura, montaban sus tertulias. Eran habituales Lucy Cabrera, Chano Sosa, Paco Sanchez, Natalia Sosa, José Rafael, Saulo Torón, Pepe Armas. Juan Sosa “Belarmino”,  daban lectura a algunas de sus publicaciones y otros de los participantes hablaban y comentaban sus trabajos…

Hace días, en compañía de Lydia Díaz, paseábamos por las pinas calles del casco urbano de Agaete. Casi de sopetón, tuvimos un encuentro afortunado con el amigo Chano Sosa. Afloraron dormidos recuerdos, en nuestra apresurada charla de Agaete… del Museo de la rama, del árbol capitalino “Árbol bonito”, padre del ficus que esplendoroso pasa su vida en la subida al Valle… hablamos de la subida en busca de la rama, de la feliz iniciativa de Pepe Armas en dar vida, a través de los papagüevos, de personajes populares de la villa… del histórico Huerto de las flores…

Foto: Chano Sosa y Alfredo Ayala

Pero Lydia y yo habíamos concertado una visita y como temía llegar tarde, dejamos la conversa para mejor ocasión…

Nuestros pasos se dirigían al Valle. Quería volver a vivir aquellos paseos con mis padres, por distintas zonas del municipio. Paramos en el balneario con la intención de tomar un café, auténtico, de verdad, pero el balneario estaba cerrado, a la espera del inicio de las obras restaurado… desde lo alto, vimos la olvidada fábrica del agua de Agaete, de fondo ferrugiento…

Le hablé a Lydia de las fiestas en honor de Nuestra Señora de Las Nieves,  que en voz del pueblo se ha quedado reducida a “La Rama”… Alguien dijo que los lugareños son gente alegre que atesoran conocimientos del mar y la tierra. Deliciosos son sus productos arrebatados al mar: sardinas, caballas, viejas, sargos y fértiles sus valles: cafetos, mangos, aguacates… Y, cuando llega el momento festivo bastan escasas armas para divertirse: un volador, una banda y una ramita de olivo, pino, eucaliptus o poleo. Lo demás, la participación, el corazón, el alma, lo pone el pueblo y lo extiende contagiando a cuantos visitantes se acercan a compartir el momento.

La Rama, sin duda, hay que vivirla. No se puede contar. Intentar en unas breves líneas contar todo cuanto sucede en el transcurso del festejo, sería tanto como dejar en el tintero del olvido aspectos que mueven, en cita del antropólogo Victor Turner “el polo sensorial (el ritmo, el cansancio, el sudor, el olor, el calor) elemento dominante del ritual.

Los propios del lugar hablan de danzar por promesa, por cumplir lo prometido y llevar a los pies de la Virgen de las Nieves, el testimonio vegetal que en frenética danza, aromatizan calles y templos. Hablan, del espíritu de la rama…

“Agate, dice un viejo refrán míralo y vete, porque si te quedas en el corazón se te mete”.

Por eso amigo, la rama, hay que vivirla.

Están todos invitados

ALFREDO AYALA OJEDA

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