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miércoles, 18 de diciembre de 2013

* ¡¡FELICES PASCUAS!!

Cada año, cuando se aproximaban Las Pascuas, Pinito Ojeda, mi prima, se empaquetaba de arriba abajo y desde su Gáldar natal, trincaba el coche de hora rumbo a Las Palmas. Mi madre, Solita Ojeda, hija de Juan Rafael, lo había dispuesto todo en su casa terrera de Las Alcaravaneras para que Pinito, pasara Pascuas, Noche Vieja y Reyes, en nuestra casa. Las visitas de los familiares residentes en el campo hasta la capital, en aquella época se producían por dos motivos: la visita al médico especialista y las Pascuas. Así que cuando se avecinaban las fiestas la cocina de Solita, cobraba una intensa actividad. Pinito, tenía una justa fama familiar y sus truchas, suspiros y bollos eran como una auténtica bendición…

Cuando Pinito llegaba, todos los preparativos estaban dispuestos: Batata roja de jable de Lanzarote, zumo de naranja, matalahúva, levadura, harina, azúcar, almendras, ralladura de limón sutil, pasas, canela, y mantequilla que Pinito, durante días iba acumulando y conservando en la fresquera de su casa. La traía celosamente envuelta en una hoja, creo que, de ñamera…

Pinito, desde que llegaba a casa y saludaba a la familia, se ponía su traje de faena y nada mas atarse el delantal, pegaba a dar órdenes. Nos ponía firmes a todos adjudicándonos alguna misión: tú, con el mortero, a machacar las almendras… ustedes dos a limpiar bien la mesa; después, con esta harina, extenderla por toda la superficie… La masa, después de reposada, se iba extendiendo sobre la mesa. A mi madre la ponía como un soldado, al pie de aquella cocinilla de fuchi-fuchi al cuido de la masa… A Pinito, cualquiera le tosía. Nos ponía las pilas tan sólo con mirarnos… Solita, dale a tus niñas las latas de Tamarán para que vayan forrándolas y tener donde poner las truchas… Meticulosa, hablaba y hablaba de las cosas de Gáldar. Sabía de Lucha Canaria y comentaba las hazañas de algún notable luchador… De afamados gallos y galleros... del auto de los Reyes Magos… Pero entre relato y relato que nosotros seguíamos con interés, seguía dando órdenes. Mi hermano, el mayor solía decir: “Pinito manda más en casa de Solita, que el Obispo en la Catedral”.

Nos afanábamos unos, en poner el vaso sobre la masa y sacar aquellos círculos, otros se aplicaban con el tenedor cerrando las truchas… Pinito decía y esta sartenada Solita, para quién es. Mi madre, Solita, decía esas para tía Peregrina… La siguiente para el vecino Nicolasito… La otra para Nuchita… Después, separa ocho para la madre de Chinono… Las de García, las últimas porque él viene al caer la noche para llevárselas… 

Éramos como una empresa en cadena. Todos a una. Cultivábamos, casi sin saberlo, la más pura tradición. Una tradición sostenida generación tras generación que hoy, por las prisas y las modernidades las va engullendo el paso del tiempo…

ALFREDO AYALA OJEDA

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