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viernes, 18 de abril de 2014

* GARACHICO, GLORIOSO EN LA ADVERSIDAD

Hace unos días me desplacé a la isla de Tenerife acompañado de mi mujer Lydia Díaz. Acudí a la isla picuda como volador anunciador (léase pregonero) de las fiestas y romería en honor a San Marcos Evangelista, en el municipio de Tegueste.

Tras el pregón, prolongamos nuestra estancia unos días… Se avecinaba la Semana Santa y decidimos hacer un detenido recorrido por distintos escenarios en que arte y devoción van de la mano. Dicho y hecho. Cámara, bloc de notas, apuntes, fueron las herramientas imprescindibles en nuestro desplazamiento…

El tiempo apremiaba y estas visitas hay que hacerlas a pie, relajado, con los ojos bien abiertos, sin que te atosigue o someta el reloj. El Teide, en las alturas, erguido como un guerrero, vigilante… Lydia, ensimismada, una y otra vez, disparaba su cámara… Una ligera capa de alba nieve endulzaba su espléndida estampa…


Atrás quedaba Icod de los Vinos… Olía, le comenté a Lydia, a tea de las tablas en su fricción con el asfalto… Tablas, que una y otra vez se deslizan por las pinas calles en vísperas de San Andrés. También a deliciosos caldos de la zona, a legendario drago y a poleo cuando en agosto, los poleyeros se suben a las barbas del Teide para depositar los ramitos a los pies de su Virgen del Amparo… Entre tanta ensoñación y viejos recuerdos, llegamos a Gara-chico. El día, espléndido, luminoso…Un día para soñar…


Estacionamos frente al Roque, icono del municipio… “ese es “Gara”. Gara, en lengua aborigen significa roca o peña. También “chico”, adjetivo castellano que califica lo pequeño¼ De la unión aborigen/castellano nace Garachico…

Si hacemos un ejercicio de aproximación y echamos la vista atrás resulta difícil imaginar que la Villa y Puerto de Garachico gozó de un pasado esplendoroso que una naturaleza enloquecida castigó repetidamente… Reza en su escudo: “Garachico, glorioso en la adversidad”…Cruzamos la avenida para visitar el magnífico edificio Convento Concepcionistas Franciscanas, fábrica datada en el siglo XVII… Recorrimos con detenimiento la iglesia recreándonos en la cubierta de raíz mudéjar y conversamos largamente con una de las monjitas de clausura. La monjita, Dulce nombre de María, nos habló de la estimada colaboración que prestan a la comunidad garachiquence cuando se aproximan las fiestas del Cristo y preparan las florecillas de papel de seda con la que se transforma, con algún motivo alusivo, el aspecto del casco urbano… De la deliciosa repostería que confeccionan: rosquetes, magdalenas, pañuelos de cabello de ángel y pasteles. Una repostería de tradición y bendición… Nos habló de sus hermanas, ya de avanzada edad. La más joven de 38 años el resto de las religiosas cuentan con una edad próxima a los 90 años… Y suspiraba feliz porque dos jovencitas, de 24 años, acababan de llegar al convento…


Desde hace varios siglos (1.640) este monasterio de clausura de las monjitas concepcionistas es único en Canarias… La clausura, contrariamente a lo que se piense, mantienen diálogo con los visitantes y medios de comunicación lo que les permite estar al día en conocimiento y realidades del mundo exterior.

En la calle, nos recreamos con el ajimez, donde las hermanas, cuando llegan las fiestas, miran por las rendijas para observar el ambiente de carrozas, pasos de Semana Santa, romería de San Roque, etc.

Recorrimos la Puerta de Tierra, hoy recogido, exuberante nostálgico rincón que mece los recuerdos de prosperidad del municipio. Por la próspera, activa y antigua “Puerta de Tierra”, debían entrar y salir visitantes, marineros, comerciantes y mercancías hasta que en 1.706 lo entulló el volcán de Arenas Negras, vomitando con ira, sobre el recogido puerto…y nos detuvimos en la iglesia de Santa Ana para escuchar el pregón anunciador, de la proximidad de la Semana Santa…


Volvimos a la avenida para deleitarnos con la fresca brisa marina… Nos plantamos en la mismita puerta del castillo de San Miguel, celoso guardián de la Villa, construido por Felipe II para la defensa y protección de Garachico…

Caminamos por las adoquinadas calles de la Villa y, tentados estuvimos de subirnos a una tartana que prometía un breve recorrido por los lugares de interés…

Pero no daba el tiempo para más. Cansados, decidimos darnos un remojón en los numerosos charcos de la zona mientras esperábamos que nos sirvieran un deliciosa vieja guisada regada con el buen vino de la zona.

Al caer la tarde, regresamos con la cámara repleta de recuerdos y abundantes notas… En agosto, cuando llegue la festividad de San Roque, intentamos regresar…

Garachico, merece la pena.

ALFREDO AYALA OJEDA

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