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viernes, 2 de octubre de 2015

* LUCHADORES DE LEYENDA: DON JOSÉ LÓPEZ “EL CANÓNIGO”

Repasando viejos papeles afloran datos que se han convertido en valiosos eslabones que me han permitido levantar este modesto artículo sobre uno de los hombres más novelesco  de nuestro plástico deporte de la Lucha Canaria.  Me refiero al Canónigo José Dolores López Martín, natural de Gáldar, referenciado en distintos artículos entre ellos en el periódico “La Provincia”, en el apartado de “Siestas de Memoria” del periodista y cronista de la ciudad de los Guanarteme, Martín Moreno…

El Canónigo, nació en abril de 1.854, en la zona del Burrero, (Gáldar). La lucha, en esa época era el deporte por excelencia. No había equipos y todos se contentaban con aquellos enfrentamientos entre el Norte y el Sur o con presenciar distintos desafíos.

Sin duda, el Canónigo, que también fue Deán de la Catedral de Santa Ana y del cual hice referencia en la primera entrega de “luchadores de leyenda”, debió ser un hombre decidido. Luchador cuando joven. Fortachón. Con madera de campeón que cambió su pasión por la lucha, por la mediación entre Dios y los hombres…



Pero a los luchadores, los que alguna vez se han puesto los pantalones de brega o ya están retirados, siempre les queda esa “pelusilla” envuelta en duda… Y, “el cura luchador”, no era una excepción. Y muchas veces, según noticias que han llegado hasta nuestros días, en el traspatio de su casa se despojaba de su sotana y con la sola presencia de su hermana, medía sus fuerzas con algunos hombres de relieve… Se cuenta que con temprana edad antes de coger los hábitos partió luchas, con la flor y nata de los hombres de la época… Su estampa aparece con ropa de brega y de ella se deduce que debió ser un hombre de cuidado, de esos que los más viejitos decían “mandaban las coles a la plaza”…

Para seguir situando al lector, en la isla de El Hierro, nació un fenomenal luchador: Ramón Méndez. De él, se cuentan auténticas hazañas sobre el terrero, tanto en las islas como en la Perla de las Antillas...  

Hace algún tiempito, en la casa de mi amigo Benito Padrón, en El Hierro, mantuve una larga y jugosa conversación sobre nuestro vernáculo deporte de “La Lucha Canaria”. Nos enfrascamos, saboreando un delicioso vino de pata, y pegamos a recordar a viejas glorias de nuestro simpar deporte…

A Benito Padrón le pregunté por el temible luchador herreño don Ramón Méndez… “Nunca podré olvidar aquella tarde, -me dijo Benito- Estaba en el terrero Francisco Quintero, excelente luchador y con mucha fortaleza… Don Ramón Méndez, se puso en pie y exclamó: ¡parece mentira que los hombres se dejen caer de esa manera…! ¡Venga la faja*! Continuó el amigo Benito, disfrutando cada instante del momento vivido…: ¡Coño! Se quitó la chaqueta y salió dispuesto al terrero… Don Ramón era mayor de sesenta años… Ambos en el terrero de la verdad… Méndez, resiste las acometidas de su rival y usando su propia fuerza le hurta el cuerpo y ejecutó tal traspiés que dio en tierra con Francisco Quintero… Fue, que yo recuerde, -terminó Benito Padrón- la última vez que lo vi sobre el terrero…

Muchos debieron ser los encuentros celebrados en la intimidad del traspatio. Muchas, también las figuras que desfilaron por el domicilio del “Cura Luchador”… Uno de los relatos nos llega de V. Viera   
“De cómo los canarios han amado el deporte vernáculo, con el único amor verdadero, el desinteresado, da una pálida idea el siguiente hecho, rigurosamente verídico: Brillaba, con luz propia, años ha, en la constelación de luchadores, don Ramón Méndez, el del Hierro, que había dado buena cuenta de nuestros mejores hombres, entre ellos, el famoso malamañado Juan Castro.
En nuestra ínsula vivía en aquella época el que, siendo estudiante del Seminario, se hizo famoso por su invencibilidad en la lucha, don José María López Martín, que a la sazón ostentaba la Dignidad de Deán de Nuestra Catedral, y para poner a prueba la fortaleza y agilidad del herreño, no se le ocurre otra cosa, que invitarle un día a su casa, a lo que, como es lógico, accedió el caballeroso y noble luchador. Se entrevistaron y, como cosa natural entre canarios, surgió la idea de agarrar una lucha. Sirvió de terrero, la huerta de la casa de Sr. Deán, situada en la Plaza de Santo Domingo. Un solo testigo: doña Nieves, hermana del señor López Martín, quien, seguramente, algo entendería de lucha.
A la salida del señor Méndez, el sacristán de la Iglesia de Santo Domingo, situada en la misma plaza, que seguramente algo había sabido de la cita, y que conocía como magníficos luchadores tanto al señor Deán como a Méndez, se atrevió a preguntar a éste:
-¿Qué le ha parecido el señor Canónigo?
Y Méndez, con un gesto de estupor todavía en su cara, le contestó:
-¡Amigo, de esto no se estila hoy!...
De labios del propio maestro Pepe Gil, el inolvidable sacristán vitalicio de dicha Iglesia, oímos referir la anécdota. –V . VIERA 
Otro de esos momentos anecdóticos tiene su escenario en el litoral del Municipio de Telde, con el célebre Matías Jiménez “El Invencible”...
Matías Jiménez “El Invencible”, había nacido catorce años antes. (1.840). Matías, según describen las crónicas era un hombre temible y de un poder desmedido. Una crónica de la época relata aquel día que, en la Plaza de las Feria, en Las Palmas, se enfrentaban por vez primera Matías Jiménez y Mariano Pino. Ambos, por aclamación popular habían sido declarados Campeones o “Ases” del momento. Mariano Pino, era un tremendo “cacho de hombre”, pero cuando los dos hombres se plantaron en al terrero de la verdad, Matías Jiménez se deshizo fácilmente de Mariano ante la desilusión del numeroso público que se dio cita aquél día de 1.873.
Se cuenta también de Matías Jiménez, una recalada por el municipio de Gáldar  a donde había acudido para comprar una vaca. De regreso, viendo a dos jóvenes luchar quedó observándolos… Uno de ellos le dijo…
“Si quiere echar una manita, acérquese por aquí”
Matías rehuyó la invitación diciendo: “Soy de lejos y he de ir andando con esta vaca: no me haría bien cansándome, aunque la lucha me gusta muchísimo.
La conversación se fue animando y Matías terminó enfundándose los pantalones. Los “pollillos” caían una y otra vez, hasta que reconocieron su inferioridad, con estas palabras: ¡para vencerlo a usted hay que traer a Matías Jiménez!
Matías, con amplia sonrisa, les aclaró:
¡Con él están luchando!.
El canónigo, José Dolores López Martín, tenía 14 años menos que el Matías Jiménez… Incluso, se decía que si bien el canónigo, era más habilidoso,  Matías era un hombre de un poder desmedido… Cierto día, en secreto, el canónigo quiso valorar a Matías, a solas, sin testigos y concretaron una cita en Melenara…
Matías Jiménez, el día apalabrado, montó en su burro, -cosa rara para la vecindad-, en día de faena… Poco más tarde, en idéntica dirección pasó en su burro, el canónigo… Y la voz corrió de boca en boca como reguero de pólvora… “¡Matías, va a luchar con el canónigo!”.
-Cuando los dos llegan al lugar de encuentro, creyendo que nadie les había visto, quedaron sorprendidos al ver tanta gente…
Y en tono amistoso, cordialísimo, en gesto de nobleza don José abrazando a Matías, le dijo: “Puesto que el pueblo así lo quiere, dejémoslo en empate”…

*”La faja” se ataba al muslo y como los participantes vestían ropa de trabajo, bastaba con ajustarla  para facilitar el agarre y comenzar la brega…

ALFREDO AYALA OJEDA

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