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miércoles, 16 de julio de 2014

* ESTUDIAR A LA ESCONDÍA

Hoy que los valores están en caída libre, la ética en desuso, el respeto perdido; que la mentira tiene más valor que la verdad; que causa admiración y hasta envidia las fechorías del ladrón, aprovechado y malversador… Hoy, que la crisis nos atenaza por repetidas conductas delictivas; que priman más los intereses particulares que los colectivos; que la justicia no castiga a tanto delincuente de pajarita; que se desconfía de todos pero se deposita la confianza en políticos del tres al cuarto que sólo en vísperas de campaña electoral dicen, sin sonrojarse: “Estoy en política por mi vocación de servicio”, cuando piensa “estoy en política para servirme”… Hoy, que no hay voluntad política, ni se espera, para perseguir a los defraudadores, me viene a la memoria una figura entrañable, protagonista, de una tierna historia de voluntad inquebrantable de esfuerzos y penurias, de la que ustedes me van a permitir que me reserve su nombre… 

Esta historia, real, vivida, sentida, está sustentada en charlas, apreciaciones y testimonios obtenidos a través de amigos, vecinos y parientes. También, por mis lazos familiares. Es una historia que he tenido dormida durante muchísimo tiempo… Un relato protagonizado por una infatigable y tesonera mujer que, casi sin pretenderlo, ha levantado su propia crónica…

Si uno echa la vista atrás, hoy puedo decir que conocerla fue un afortunado encuentro… Algo así como una brisa de aire fresco que limpia el ambiente de la contaminación en que nos ha tocado vivir… Ahondando en su vida, me sitúo en tiempos pretéritos de valores fundamentados en el RESPETO, en el TRABAJO, en la VERDAD, en la RESPONSABILIDAD… Aquellos tiempos idos, en que la moneda de curso legal se cimentaba en la vecindad, en la unión entre vecinos, en códigos no escritos de ayuda mutua, en algo tan simple, como el hoy por ti, mañana por mí… Era una época en que escaseaba el dinero, pero la palabra dada tenía más valor que escritura pública… Decía mi abuelo “Más vale tener crédito que dinero” y el buen abuelo lo argumentaba de manera contundente: “un hombre sin crédito, sin palabra, no es nada”… Tiempos, en que al colegio, institutos, universidades, se acudía para aprender. La educación, los valores, el respeto, eran cosas que se aprendían en el seno familiar.

En ese tiempo de muchas penas y escasas alegrías, de trabajo y sacrificio, de privaciones continuas, nació Ella, la protagonista de esta historia… Me la presentaron, hace más de cuarenta años, en medio de un ambiente festivo que se realizaba desde hacía muchísimos años para estrechar lazos y dar la bienvenida a los nuevos miembros de la familia… En ese encuentro, hablaban los hombres animadamente, mientras en rincón opuesto, se jugaba al subastao, al cinquillo o se afinaban los viejos instrumentos. 

En el amplio salón, las mujeres, como si cada una fuera una empresa completa, casi invisibles en su eficacia, tapaban y destapaban calderos, sirviendo generosos platos de ropa vieja, pescao encebollao, gofito escaldao, güevos duros, pulpo, aceitunas del país, queso viejo, pata de cerdo… El encuentro, comenzó al filo del medio día y aquello, como siempre, tenía toda la pinta de no tener fin o, por lo menos, prolongarse hasta que el cuerpo aguante…

Allí estaba Ella, inquieta, atenta, servicial, afectuosa… Desde pequeña, en el difícil mundo que le tocó vivir, tenía el firme propósito de romper con lo establecido… Tenía vocación de servicio y solía decirle a sus escasas amigas con firmeza: ¡Cuando sea grande, quiero ser enfermera, médico y especializarme! Era una época en que no se valoraba, suficientemente, a la mujer… tiempos en que tenía vigencia aquellas lapidarias frases: “La mujer en casa atada y con la pata quebrada…” “El hombre es de la calle y la mujer de la casa”…

“Ella”, tenía hambre de saber… Desde temprana edad despertó su pasión por la lectura. Su padre, para evitar los alegatos de la madre, a la escondida, dejaba en su habitación, como olvidados, algunos libros que iban alimentando su apetito cultural, sus conocimientos… De pequeña, día tras día “Ella” esperaba impaciente la llegada del cartero. Cuidadosamente, con mimo, arrancaba los sellos. Buscaba en cada estampilla, conocimientos… “Cada sello, atesora información varia sobre creencias, historia, cultura que yo enriquecía con aportaciones de un pariente que me facilitaba monedas extranjeras y postales. Es muy valiosa. Yo, pasaba horas mirándolas. Era mi evasión. Observándolas detenidamente, me invitaban a largos viajes imaginarios a través del mundo”… 

Con resignación, con nostalgia, el brillo de sus ojos se apagó por un momento… “Era otra época, me dijo. Un tiempo en que la mujer contaba poco, casi nada… Niña, novia y madre… Su madre, estaba en otra latitud. Solo, eran los tiempos que corrían, pensaba en prepararla para el día de mañana: coser, cocinar y familiarizarse con el adiestramiento en las tareas domésticas. Así, cuando tuviera edad de mocear y le saliera un pretendiente aparente, estaría preparadita… 

Ella, obediente, para cumplir con los deseos de su madre, realizó cursos de “Corte y confección”, “cocina” y “Economía doméstica” y todo cuanto la enriquecía en tareas domésticas allá por los años cincuenta y pocos del pasado siglo… Desconocía “Luisita”, su madre, que su hija era de ideas fijas y que estaba totalmente decidida a estudiar enfermería. Cierto día, su padre que repartía leche de vaca a domicilio, una clienta le comentó que si le hacia el favor de tirar a la basura unos libros de magisterio. Él, le dijo que sí, pero en vez de tirarlos se los llevó a su casa y cayeron en mis manos… pegué a estudiar… Puedo decir literalmente que los devoré y me los aprendí de carretilla – me dijo orgullosa- 

“Hoy, entiendo y valoro, las ayudas recibidas…. Como la de un familiar que me vio, en penumbra, leyendo unos apuntes… Al día siguiente, me entregó un paquete: Eran velas. Velas de la marca “El Elefante”… Con ellas, a medianoche, me levantaba, la encendía y me ponía a estudiar, sin el temor de que mi madre, al tener encendida la luz, se diera cuenta que estaba estudiando…Todo, lo escribía a lápiz flojito y corregía los errores borrando con migas de pan…”

Un día, con una de mis tías, viuda ella, que bajaba diariamente a Las Palmas, le hice, en secreto, la confesión. Me dijo: Mañana, voy a la Delegación a enterarme y el día de los exámenes, le pediré permiso a tu madre para que te deje ir conmigo; así podrás examinarte. En la Delegación daré mi dirección para recibir toda la información…

El día señalado, nerviosa, endomingada, acudió al examen… Uno tras otro, los fue superando… Un día, la viuda, emocionada, blandiendo un escrito, le dio la noticia: “Ya eres maestra”. Además, te tienes que presentar en la Delegación para que te digan donde tienes plaza asignada para impartir clases… Las lágrimas, resbalaron por mis mejillas. La abracé – bueno más bien la estrujé- Y fue tal la escandalera que mi madre, nos trincó… 

No podía seguir escondiendo la realidad. El tiempo de estudiar a la “zorrúa”, había llegado a su fin. Ahora, todo era verdad… No hizo falta decir nada. Mi madre, estaba al hilo de lo que sucedía. Había seguido, a través de su hermana, la viuda, los pasos de su hija y cada vez que la niña acudía un examen, le encendía una vela a “La Milagrosa”, de la que era devota…

Así, a la escondida, aquella chiquilla que tenía férrea voluntad de servicio y que soñaba con ser médico, se hizo maestra… Hoy, “Ella”, cuida de sus rosas, de sus gallinitas de la tierra y cuando se siente abrumada, bajo un flamboyán, reposa y mece sus recuerdos, dejándonos un hermoso mensaje fundamentado en el trabajo, en el sacrificio… Su relato, es un negro sobre blanco que nos invita a la reflexión…

Y aquel día, el día de la despedida, la recuerdo con esas palabras que pronunció en el momento de su adiós a su actividad laboral:

Buenas tardes,
Hoy, para mí un día triste aunque profesores y amigos, padres y alumnos me ofrezcan este cálido y sentido momento. Repito, no es para mí un día feliz porque liberarme del trabajo, romper con lo establecido, aparcar el hábito de dar clases, es como morir un poquito.
Esta mañanita, cuando me levanté para cumplir con esta última jornada festiva y laboral, me he puesto a escribir, por ver si consigo poner sobre el papel, el llanto de mi corazón de manera sencilla. 
Pacientemente, he repasado todos y cada uno de los detalles de mi vida en contacto con alumnos, padres, profesores y compañeros... Y no falto a la verdad si cuento que se me nubló la vista cuando mirando hacia atrás pasan por mis cansados ojos la pálida memoria de un paisaje que a partir de hoy será olvido. 
La historia y yo estamos ligadas por el recuerdo. Recuerdos que me llevan a aquéllos lejanos días en que mis amigos de infancia jugaban a “los médicos” –era la manera de buscar el roce- mientras yo jugaba a “escuelita”. Por eso, digo, que desde pequeña, tenía vocación por la enseñanza. Una vocación a la que he dedicado más de cuarenta años repartidos entre los centros de enseñanza de Los Giles y Tenoya.
Hoy, no está en mi ánimo aburrir a nadie con “mis historias”. Pero si quiero decir que durante todo ese tiempo he trabajado, por cuenta ajena, para la finca de la enseñanza del Estado, sembrando y cultivando la semilla de numerosos alumnos de la zona. 
Ahora, con la satisfacción del deber cumplido, al mismo Estado le he dejado mi número de cuenta corriente para que me ingrese las “perritas” del retiro. Me voy a mi “finquita” a trabajar por cuenta propia a cuidar mis gallinas y pollos, matos y arbolitos, que he tenido a medio atender durante tan largo tiempo. 
Ya no me despertará el reloj; lo hará el casi olvidado canto del gallo… El tren del tiempo ha llegado a mi estación… una estación en la que se queda el grato recuerdo de alumnos y padres, maestros y amigos…
Y ya lo saben, mis puertas, como siempre, siguen abiertas de par en par para cuantos quieran visitarme.
Gracias por brindarme este momento que guardaré en mi memoria para siempre…

ALFREDO AYALA OJEDA 

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