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miércoles, 15 de enero de 2020

* MÁS SOBRE LA VIEJA IDEA DE ESCRIBIR UN LIBRO, SOBRE LA HISTORIA DE "MAESTRO PEPE", EL FARO

Continuando con aquella vieja y aparcada idea, de escribir un libro sobre José Rodríguez Franco “El Faro de Maspalomas”, también, en esos años, ocupé al amigo José Martín Ramos por aquel entonces, Jefe de Informativos de Televisión Española, en Canarias. Con Martín, he compartido distintas trincheras informativas: en el desaparecido periódico “EL Eco de Canarias” y en TVE. Juntos, formamos una unidad informativa en aquellos difíciles y últimos momentos del entonces Sáhara Español recorrimos los fosfatos “Fos Bucraa”, sesiones plenarias de Yemaá (Asamblea General), contactos con algunos miembros del Polisario y distintas escaramuzas entre Polisario y el Puns. 

Foto: J.J. La Calle, Martín Ramos, Alfredo Ayala y Juan Ramón Gómez. La imagen corresponde a los últimos momentos del Sáhara español.

Hicimos algunos documentales titulados “Dos rombos”, que eran atrevidos en los tiempos que corrían. Uno dedicado a la prostitución, otro a los robos de moda “El tirón”, y el butrón a las joyerías... Además, juntos hemos estado en los servicios informativos, en distintos acontecimientos o en espacios especiales sobre los Carnavales, o en acontecimientos puntuales en beneficio de la Cruz Blanca,disputando un torneo triangular en el viejo Estadio Insular, en aquellos históricos encuentros entre Médicos, Abogados y Periodistas, de los que siempre salimos vencedores. 

Bueno no quiero distraerme y solo me queda por ofrecerles la visión de Pepe Martín Ramos, sobre el “Faro de Maspalomas”... 

Foto: Monumento al Faro


JOSÉ RODRÍGUEZ EL “AS”. 

José Rodríguez Franco, su vida y su obra, representa la naturaleza y la historia de donde nos ha tocado vivir: Canarias. 

Somos un país donde han confluido varias culturas. Un Archipiélago que ha servido de laboratorio para muchos experimentos; unas islas a veces enfrentadas en beneficios de terceros, pero a su vez, Canarias ha sido un pueblo hospitalario y sin fronteras, producto del mestizaje y por estar situadas en un punto geoestratégico importante. Pero, cuando los foráneos, en cualquier país superan la cifra del diez por ciento, se puede considerar una colonización; cifra que se duplica en Canarias, máxime cuando gran parte de la economía no está controlada por los nativos. Todo ello ha repercutido negativamente, en las pautas de comportamiento que se evidencia en la sociedad canaria, donde los años cincuenta del pasado siglo; evolución que tenemos que analizar para que no siga afectando a nuestra identidad. 

Y, nos hemos situado en estas fechas y momentos porque son los más duros para nuestro personaje, José Rodriguez Franco “Faro de Maspalomas”, un “AS” del deporte vernáculo y un trabajador comprometido con su tierra, que tiene que complementar su “brega” en los “terreros” con su trabajo ocasional en aparcería, pozos, construcción y allá donde fuese necesario para sacar adelante a los suyos de una grave crisis económica. 

José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas”. Como todos los de su condición y raza fue un caballero en la lucha canaria, ejemplo que llevó a la sociedad que le tocó vivir en el Sur de Gran Canaria, llegando incluso a hacer frente a una condena en el denominado caso de Juan García Suárez “El Corredera”, que fue sin duda uno de los más injustos sumarios instruidos en el franquismo. 

José Rodríguez estuvo en la cárcel de Barranco Seco, pues la máquina de la época le había implicado en todas las andanzas de su amigo Juan García, que luego resultaron no estar nada claras. Pero eran los momentos de grandes silencios, y el “ASA” tuvo que ver la realidad desde el Centro Penitenciario cuando lo único que había hecho fue acompañar a su amigo y compañero de la época a “echar unas copas de ron”, en la ciudad de Telde... 

La figura del “Faro de Maspalomas”, una vez más, quedó limpia de tanta “trama” y cuando salió de su “celda” y volvió a los campos de lucha para satisfacción de los miles de canarios que lo seguían por todos los lugares. No olvidó aquellos hechos, no pudo y tampoco quiso quitar de su cabeza el recuerdo perpetuo de Juan García “El Corredera” con quien había compartido su experiencias y sufrimientos como un apéndice más de la miseria mental canaria, que no era otra cosa que las terribles calamidades de la clase humilde, que tuvo que recurrir al gofio como alimento y a las cartillas de racionamiento como alternativa. Recuérdese que la parte más difícil y árida del personaje fue desde 1.936 al 1.959. 

Los hechos lo curtieron y de qué manera, y pudo comprobar cómo se le amaba profundamente y por eso no quiso dejar de intervenir en los “terreros”, no ya como luchador – pues habría pasado el tiempo- pero sí realizando exhibiciones para mantener la “llama encendida” con su arado. 

Era un hombre alto, corpulento, como demandaba el bello deporte. Era un gladiador que no quiso rendirse ni al deporte vernáculo, ni a la vida que tantas “cornadas” le había dado por el sólo hecho de querer respetar lo suyo. Fue un “caballero de la lucha canaria” que cada jornada con su mirada infantil y perdida acudía no ya sólo a los grandes puntos de concentración deportiva, sino a aquellos pequeños caseríos y pueblos que gustaban ver como un “AS” del mundo vernáculo continuaba realizando sus exhibiciones de levantamiento de arado, como queriendo transmitir a las nuevas generaciones su amor y entrega absoluta por nuestras esencias: lo canario. 

José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas” luchó hasta el final de sus días. Su cara era un reflejo de quienes no se tomaron un descanso de quienes, pese a la adversidad, marcaron con su propio estilo una época que fue dura, injusta, pero que él como nadie supo superar para ejemplo de un pueblo, de una raza... 

J. Martín Ramos


ALFREDO AYALA OJEDA

viernes, 10 de enero de 2020

* LA VIEJA IDEA DE ESCRIBIR UN LIBRO SOBRE LA HISTORIA DE "MAESTRO PEPE", EL FARO

Hace algún tiempo, en vida de Maestro Pepe, Pepito o José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas,” me propuse escribir un libro sobre el vivir sucesivo de este hombre irrepetible. Tenía la verdad, numerosas historias, gestas de poder, desafíos y conversaciones mantenidas a lo largo de muchísimos años.  Yo lo admiraba y lo frecuentaba cada vez que me desplazaba a Telde. Guardo recuerdos en el barrio de San Francisco, alrededor de un pozo de la zona, en el barranco de Telde, en medio una finca de plataneras. Incluso un día lo cité en el López Socas con su arado para hacer, para TVE su levantamiento desde distintos puntos de vista. Mantuve conversaciones sobre “El Corredera”, sobre la muerte de su hijo, sobre un homenaje que le preparó mi padre en el campo del Hornillo cuando el Faro pasaba unos apurillos, en el viejo Campo España cuando endomingado irrumpió en el terrero en medio de la actuación del forzudo Sansón del siglo XX, en la plaza de San Gregorio cuando retomó la lucha y ficho por el Unión Telde de Juan Galindo... ¡¡En fin!!  


Pues para hacer realidad el libro sobre el Faro, hablé con distintos amigos que lo conocieron para que me hicieran algún escrito sobre maestro Pepe. Uno de ellos, de pluma precisa, José Luis Cruz González, compañero en prensa y en televisión me hizo este escrito que ayer, rebuscando entre mis papeles me lo encontré.    



UN ARADO QUE SURCABA EL CIELO  

Para la chiquillería maravillada era, ante todo, el hombre que empenicaba el arado como si fuera una caña. La lucha Canaria tuvo en él, a una de las acabadas expresiones de la nobleza en la brega. Se llamaba Maestro Pepe y también Pepito. No le gustaba que lo llamaran don José, porque él se sentía un obrero y, en su juventud sureña de atropellos caciquiles y pan duro el don era una frontera social, el título que marcaba diferencia que repugnaban a un sufridor de injusticias, a un amigo de Juan García Suárez, “El Corredera” y de Francisco Casimiro, comunista tibio y antifascista radical.  

Era lo más alto y lo más luminoso. Por eso era el “Faro de Maspalomas”. Triunfó cuando más difícil era destacar. En su momento de máximo esplendor el deporte de sus amores estaba plagado de grandes figuras en casi todas las islas. Maestro Pepe añadió brillo a la época de oro de la lucha canaria. Su presencia en el terrero era doblemente imponente por el señorío de sus pausados ademanes y por la potencia de sus músculos. Desde que era un adolescente se hizo leyenda su fortaleza. Con Pepito no se podía apostar en cuestiones de poderío físico. Cinco duros - de aquellos que daban para comer dos días a base de bien- tuvo que apoquinar el atrevido que le desafió a echarle una burra a una platanera y partir el rolo con una mano en menos de tres minutos.  

De José Rodríguez Franco todo se ha escrito en los papeles y todo se ha exclamado en las gradas de los terreros, pero quizás el mejor compendio a tanto tributo de admiración lo hizo un médico de los habituales en las tertulias que entonces se formaban en el Café de Buenaventura, cerca de la plaza teldense de San Gregorio. Dijo el doctor: “El Faro no tiene más fuerzas porque debe emplear la mitad en contener a la otra mitad”.  

Sin embargo, lo más hermoso de José Rodriguez eran sus silencios ante las preguntas delicadas que aludían a la represión política, al escondite de ·Corredera o a la prisión de Casimiro. El Faro era un hombre de palabra. Por eso callaba. Odiaba el abuso y despreciaba a los prepotentes, pero tampoco era un héroe ni un inconsciente. Era un buen amigo que se sentía unido a los suyos, pero carecía del impulso del militante.  

Desde el otro lado, desde la orilla marginante de los enemigos de sus amigos, quisieron manipular su fama para convertirlo en símbolo del régimen político imperante. Por prudencia, que no por deslealtad, tuvo a veces que tragar, pero nunca hasta el punto de que llegara a pensarse, que había connivencia entre él y los que pertenecían instrumentalizar el cariño que en toda Canarias se le tenía.  

Pepe Rodríguez, un cachorro de hombre, un amigacho del carajo, un caballero de fundamento, casi no podía hablar en los últimos momentos de su vida. Había callado tanto que sus cuerdas enfermaron y hasta esa dolencia criminal tuvo que extenderse traidoramente por todas sus células, para conseguir dar en tierra de camposanto, con el cuerpo de un personaje al que le brillaban los ojos (ojos de faro) cuando le decían: “Pepito, a usted lo que le pasa es que es un guanche”. El alma de niño y el orgullo sanote de la gente del Sur, le afloraba a los labios para dejar caer la escueta respuesta socarrona: “Será...”  

En la memoria de los que hemos pasado el ecuador de la existencia y hasta un trópico queda la estampa gallarda de un arado que enfilaba el horizonte y se alzaba hasta el cielo para surcar de admiración la misma barba de Sansón.  

La prodigiosa facilidad con la que levantaba el arado, queda como un símbolo doble, porque durante muchos años el arado iba amarrado al yugo en sus demostraciones. Puede pensarse que aquello era la única entre una extraordinaria exhibición de facultades físicas, pero aquel hombre, era tan buena gente y aquellos tiempos eran tan perversos para su pueblo, que a uno le viene la imagen del libertador Espartaco, redivivo cuando evoca la última vez que vio a Maestro Pepe ya en las puertas de la ancianidad, izando el arado en la Plaza de San Juan, junto a los laureles de India que cató el poeta Fernando González y que parecían coronar con su denso follaje, no a Pepito, sino al arado que prolongaba el milagro de nuestro Titán.    

J.J. Cruz González  

Jinámar, diciembre 1.992 

ALFREDO AYALA OJEDA 

domingo, 29 de diciembre de 2019

* “CONCIERTO DE NAVIDAD”, UN CLÁSICO GOFIÓN

Hace unos días, con motivo del tradicional concierto de Navidad de Los Gofiones, Televisión Canaria, me invitó a contar algunos aspectos sobre sus más de 50 años de andadura. Bullía en mi cabeza, distintos momentos vividos con esta señera agrupación, pero me apetecía contar aquel sucedido en que tradición (El canto del boyero) y modernidad (la minifalda) caminaron de la mano por el Teatro Pérez Galdós... 

Foto: Los Gofiones

Los recuerdo, en aquella ocasión, en que aunados por Totoyo Millares, se presentaron, oficialmente, en el mismísimo Teatro Pérez Galdós, ante un numeroso público deseoso de escuchar, de verdad, la autenticidad de los cantos de la tierra, casi olvidado por la teatralidad que imprimía la Sección Femenina y Coros y Danzas de España, sobre nuestro folclore. Una presentación que, valgan verdades, no era del agrado de las autoridades porque, en esos tiempos, quien se moviera al margen de lo establecido era culpable de todo, aunque no fuera sospechoso de nada.  

En aquellos momentos en que se presentaban “Los Gofiones”, una prenda, “la minifalda”, estaba de moda. La breve y “pecaminosa” faldita irrumpió con fuerza como símbolo de rebeldía y la mismísima Massiel, tuvo la osadía de lucirla en Eurovisión, cuando triunfó con el tema “La, La, La”. 

Continuaban soplando aires de libertad y la dictadura empezaba a tambalearse. Con un 68 calentito, se presentaban “Los Gofiones”, que además de su repertorio, había convidado a un personaje: Maestro Salvador “el de Abelardo”, que Paco Sánchez, componente fundador del grupo, había invitado, para que hiciera un canto del boyero. Es un canto que ejecuta el campesino en el momento que, con su yunta, prepara el terreno. Esta labor se hace cantando, a palo seco, como queriendo incorporar a los animales a la sociedad para, a la vez que se le canta, combatir la soledad:  

Como mi suegra es tan santa 
dice que yo soy el diablo 
y desde que me ve venir 
coge en las manos el rosario.  

Maestro Salvador, hizo su ensayo y cuando terminó decidió dar una vuelta, por las distintas estancias del teatro. Sus ojos, no daban crédito al ver que la breve prenda de moda, no tapaba las pantorrillas,  se preguntaba para sus adentros ¡coño! ¡Esto es una falta de respeto! ¡Todas enseñando los muslos! ¡¡esto es el fin del mundo...!! 

Murmurando, murmurando, se fue a localizar a Paco Sánchez y, sin pestañear, le dijo: ¡Paco!, ¿Dónde coño me has traído ?... ¡¡¡ Esto es una casa de p... !!!. ¡¡Sácame de aquí!! 

Paco, lo sacó fuera del teatro y poco a poco lo fue calmando. Y llegado el momento de su actuación, recreó la estampa campesina, con el “canto del boyero” que, por cierto, fue premiado con una sonora ovación... Cuando terminó, le dijo a Paco: ¡¡qué fácil es esto...!! Solo he tenido que hacer ante las cámaras, lo mismo que hago en los altos de Gáldar, con mi yunta.  

La presentación de Los Gofiones junto a Maestro Salvador, el de Abelardo, fue, en aquel 68, de muchas voces y prolongados silencios, un primer paso de una larguísima caminata, emprendida hace 50 años con el firme y único propósito de recuperar, conservar y divulgar nuestro folclore. 

Unos años más tarde, en la única televisión que había en nuestro país, intervino Maestro Salvador en el recién creado programa “Tenderete”., junto a Valentina y una jovencita Olga Ramos, que actuaron con el acompañamiento de distintos componentes de “Los Gofiones” como Perico Lino, Paco “El Suave”, Paco Sánchez, Nano Doreste, Roberto Hernández, etc. 


Foto: Perico Lino y Alfredo Ayala

Por todo ello, por su contribución a nuestro folclore, quiero levantar la copa de la gratitud, haciendo un “brindis gofión” para que, entre otros, “un tipo como Perico Lino“, nos hiciera soñar y un inspirado Manolo Melián, convirtiera en himno sentimental, el tema “Gran Canaria”.  

Gracias a Totoyo Millares por la feliz iniciativa y gracias “Gofiones” por defender y cultivar nuestro riquísimo folclore. 

ALFREDO AYALA OJEDA

martes, 24 de diciembre de 2019

* ¡¡CÓMO HAN CAMBIADO LOS TIEMPOS!!

Siempre, siempre, cuando se avecinan las Pascuas, Fin de año y Reyes, me viene a la memoria momentos vividos junto a mi madre. Ella, era como el coche escoba de las competiciones deportivas. Iba con poco. Bastaba que le tocaran en la puerta para franquearle la entrada y ofrecer cuanto tenía a su alcance. Mi madre, tenía su método de conducta con quienes repetidamente tocaban a la puerta o descolgaban el gancho: “yo cubro una necesidad, pero nunca costeo un vicio” 

Nosotros, los siete hermanos, tuvimos cuidadoras. No era contratadas, no. Solo eran amistades del “tropezón”, como calificaba mi madre, al encuentro casual en el momento que iba, a la iglesia del Risco de San Nicolás, a por el hilo de San Blas, protector del cuido de la garganta... En una de sus recaladas a la pequeña ermita, conoció a Rosalía y, después, la fuimos conociendo el resto de la familia. Rosalía, tenía una abundante melena “revuelta en color” que sometía al orden sujetándola con un desgastado elástico que le permitía formar una espléndida cola de caballo. Rosalía, tendría sobre los sesenta años. Era una mujer moderna para los tiempos que corrían. Vestida con un “traje saco” con un amplio bolsillo, que le servía para guardar una llamativa cajita, de polvos de rapé y un monedero. 

Cada mañana, con la fresquita y resguardada con una pañoleta, Rosalía salía de su casa, en el Risco de San Nicolás, atravesaba la calle Guerra del Río, enfilaba el Paseo de Chil y a la altura del Estadio Insular, cruzaba las arenas y se plantaba en la puerta de mi casa. Se sacudía los pies, golpeaba sus alpargatas contra el suelo, para eliminar la rubia arena y en la tiendita próxima, compraba su cuartita de vino... 

Mi madre, la esperaba con los granos del café del “paletú”, el molinillo dispuesto y la cafetera de calcetín, preparadita. Mientras hacía los preparativos , ellas pegaban la hebra. Tras tomarse el buchito de café, Rosalía agarraba la escoba y empezaba a barrer, desde la puerta de la calle, hasta el fondo de la cocina... Cuando terminaba, preparaba una tacita, le ponía unas cucharaditas de gofio y detrás un tanganazo de vino... Con cuchara de aluminio, le daba vueltas y más vueltas, hasta hacer una “rala” que, según ella, sabía a pastillitas... 

Años estuvo haciendo y deshaciendo el mismo trajín. Un día, las fuerzas la abandonaron y mi madre, cada vez que tenía un hueco, me pedía que la llevara para visitarla... 

Policarpo, el “amañao”, era otra de las visitas que frecuentaba mi casa. Policarpo era parco en el decir y extenso en el hacer. Sabía de todo; cañerías, cables, electrodomésticos, albear, albañilería. Era pequeñito y flaco, como un podenco... Nunca se quitó su viejo sobrero. Mi madre, cuando había alguna avería que requería la visita de Policarpo me decía, Alfredito, vete y avísalo y yo atravesaba aquellos arenales que separaba a mi barrio, La Alcaravaneras, con Guanarteme. 
Policarpo, desde que le pasaba el aviso, venía "eslapao". Él pasaba sus necesidades, pero en mi casa, en los momentos a los que me refiero, lujos no, pero frutas, carne y pescao salao, pues sí. 
Pegadito a la cocina, había una breve despensa. Allí colgaba un racimo de plátanos y allí, precisamente, era donde Policarpo hacía sus arreglos. Empataba unos cables y se "jincaba" un plátano... Cuando terminaba, decía: “Doña Solita, ya la plancha la probé y funciona. Se me ha quedado un cable por fuera, pero lo importante es que planche. Así que tenga cuidadito al usarla, no sea que le vaya a dar un calambrazo”... 
Policarpo, ¿cuánto es...?, decía mi madre... 
Nada Solita, no es nada... pero si me gustaría que me diera un poco de pescao salao -un cacho de cherne o una vieja seca- y unas papitas y estamos en paz. 
Mi madre le preparaba su pedido y salía de mi casa, más contento que unas pascuas. 

Otro caso era el de Solita, una mujer repetidamente golpeada por la vida. Era muy amiga de mi madre. Solita, vivía casi pegado al Estadio Insular. Allí, en una amplia casa terrera, tenía en la entrada su taller de costura. Ella, decía mi madre, “cosía para la calle”. Así con ese trabajito, haciendo arreglos de la mañana a la noche, fue sacando a sus hijos adelante... Una, terminó magisterio, el varón, montó un taller de mecánica, la mayor, quedó ayudándola en sus trabajos de Corte y Confección y la última de las hembras, terminó enfermería. 
Ella, Solita, sin más ayuda que su trabajo, fue sorteando las embestidas de la vida. Su marido, se fue a Venezuela en busca del dorado y nunca regresó. Solita era una mujer sufrida. El varón, Chano, en Ciudad Jardín, mientras caminaba por una de las estrechas aceras, un perro le ladró. Se asustó, pisó el filo de la acera y cayó a la carretera, con tanta mala fortuna que una furgoneta, le dio un tremendo golpe en la cabeza, que lo tuvo debatiendo entre la vida y la muerte... La más pequeña, ya situada y con un buen empleo, un día decidió suicidarse y consiguió su propósito. 
Mi madre y Solita, seguían frecuentándose y ayudándose. Mi madre, en ocasiones la ayudaba en los arreglos de costura o les preparaba algo de comer, mientras, Solita y su hija, se apresuraban para cumplir con los encargos. Eran como una piña. 
Recuerdo que mi madre, le hacía unos dibujos, para que adornara algunos vestidos de las niñas. 
Pero lo que más me quedó grabado, es que la casa de Solita, repetidamente golpeada con dureza, nunca faltó esa lucha por superar la adversidad. 

Hoy, cierto es que cuando se acercan estas fiestas me gusta tirar la vista atrás y recordar algunos momentos vividos con mi madre. Historias que bien darían para escribir, un buen libro. 

Los tiempos han cambiado pero mis recuerdos, no. 

ALFREDO AYALA OJEDA

jueves, 19 de diciembre de 2019

* SOLSTICIO DE INVIERNO EN LA GUANCHA

Mis abuelos maternos eran de Gáldar, pero en ese tiempo de éxodo de las labores campesinas, se trasladaron a Las Palmas. Tenían su dinerillo y vivieron, digamos, espléndidamente. No en la abundancia, porque en aquellos tiempos de cachetón y tentetieso era difícil. Los chivatazos, las envidias y las persecuciones, era casi el pan nuestro de cada día. 

Mi abuela, doña Felisa Ojeda, dicharachera y cercana, siempre me contó distintas historias que desembocaba en la costa, concretamente de Bocabarranco y en la Guancha. Pero yo estaba muy “tiernito” y no tenía el bicarbonato necesario, para hacer la digestión de sus historias.... 

Andando el tiempo, con Lydia, he recorrido toda esa zona. Me contaba que ella tenía familia en la zona del Agujero y que pasaba ahí largas temporadas, de verano. Chica ella, jugaba a las “casitas”, entre las piedras y huesos del patrimonio arqueológico, de la necrópolis de la Guancha, en El Agujero, en la zona costera del municipio de Gáldar. Otros, en tertulia me comentaban que en esta valiosa zona, hacían prácticas de conducción porque era un lugar apartado y lejano a la mirada de curiosos y los molestos guardias de la época. 

Hoy, echando la vista atrás, duele que estas reliquias históricas despertaran la atención de todos a raíz de un pacifica movilización de la sociedad que concentraron en señal de protesta, a más de dos mil personas con la genérica leyenda de "Salvar La Guancha". Era momentos difíciles, los que se vivían en aquella época. Tiempos de muchos ruidos y prolongados silencios. Tiempos en que prohibir, era tanto como gobernar. Tiempos, en que Franco acababa de expirar y se esperaba un cambio social. Señalan las crónicas que 1976, cuando ente otros Antonio Rodríguez y Javier Quesada, Pepe Dámaso, Tony Gallardo, Celso Martín de Guzmán, Martín Chirino, Jane Millares, se pusieron el pantalón de brega para remediar el olvido y el despropósito de años. Merecía la pena intentarlo, porque la riqueza del yacimiento no solo estriba en la existencia de construcciones funerarias, sino también habitacionales y de culto. Han pasado más de 40 años y todavía, cuando me voy a remojar el esqueleto en las piscinas naturales del Agujero, observo que solo se ha conseguido algo más que vallar los distintos espacios y ponerles alguna leyenda. 

Creo, según me comentaron que el Cabildo y el Ayuntamiento, están en el empeño de poner en orden, este valioso patrimonio arqueológico. 

Pero, como los pobres del agua hacen caldo, me seguiré conformando con la llegada del día 21 de diciembre, (solsticio de invierno). Fecha señalada en la cultura aborigen porque es con los primeros rayos de sol, que desde la montaña de Agaldar, iluminan el túmulo real, lugar donde algunos estudiosos ubican el enterramiento de los Guanartemes. 

ALFREDO AYALA OJEDA

domingo, 15 de diciembre de 2019

* LUTO EN "LA TRAÍDA DEL AGUA"

Hoy, todos cuantos amamos nuestras islas y disfrutamos de sus costumbres y tradiciones, estamos entristecidos por la pérdida de Juan Peñate, maestro de profesión y creador de la popular "Traída del Agua", de Lomo Magullo (Telde). Un festejo creado en 1.968, para engrandecer la festividad de nuestra señora la Virgen las Nieves. 

El equipo de Senderos Isleños, después de disponer de la documentación precisa acudió, a comienzos de los años 90, del pasado siglo para grabar, vivir y disfrutar del festejo... Recuerdo con gran cariño, como nos atendió don Juan Peñate, que en su declaración de intenciones, de la "Traida del Agua", nos dijo: 

"Todos sabemos que la carencia del agua, era el motivo para que los aborígenes imploraran al dios Alcorac. Y en Lomo Magullo, inspirado en ese rito, de que rociaban con leche y miel, el almogaren, pensé que podía nacer un acto nuevo, para conmemorar las bodas de plata de las fiestas. Efectivamente hay una similitud, hay una semejanza, entre "La Traída del Agua" y ese rito aborigen: La leche y miel es sustituida por el agua, el almogaren está sustituido por el templo parroquia, de Lomo Magullo. Y el griterío de los participantes, pueden tener semejanza con las rogativas mirando al cielo de los aborigen, implorando el agua..."
Con que dulzura, mientras las lavanderas blanqueaban sus ropas en la acequia, entonaron el estribillo de La Traída del Agua.... 
"En la traída del agua 
 cuando iba por la presa 
 Yo te mojé el zagalejo 
 a ver si así te refrescas"

Así que cuando el 68, un reducido grupo de voluntariosos vecinos iniciaron este festejo, solo disponían de una tinaja y quizás, más voluntad que acierto, pero andando el tiempo la Traída del Agua, ha alcanzado la mayoría de edad y hoy goza de un buen ganado prestigio dentro y fuera del Archipiélago.

Descansa en Paz amigo Juan.

ALFREDO AYALA OJEDA

miércoles, 20 de noviembre de 2019

* "PANCHILLO”, LUCHADOR DE RAZA


Él, no era un hombre corpulento. Tampoco, un luchador que se plantara en el terrero y decidiera una luchada. Él, simplemente, era un novio de la Lucha Canaria a la que amó y se entregó de cuerpo y alma, hasta los últimos momentos de su existencia... Nunca lo encontré en baja forma y se tomaba los entrenos, con mucha seriedad. Era, de corta estatura, valiente, con corazón de gallo de riña, que se empleaba en el terrero dispuesto a derribar a sus rivales, aunque en la hora de la verdad su deseo no se convirtiera en realidad... Pero justo es reconocer que era un luchador eléctrico, con jiribilla, inquieto, que desde que oía el pito o la voz de ¡YA!, era como si le dieran cuerda. “Para mí la lucha, amigo Ayala, es arriba o abajo. Estudiar al contrario se hace en los blandeos, en los entrenos. A la hora de la verdad, cuando llega el momento del enfrentamiento solo entiendo atacar, armar luchas y dar espectáculo”.

En su época de esplendor, la Federación Española de Lucha, estaba situada en mi casa, en Las Alcaravaneras, en la calle Blasco Ibáñez, 45. Por ella, recalaban árbitros, presidentes de clubes, luchadores y directivos. Allí, conocí a muchísimos luchadores. Y allí, claro estreché amistad con Francisco Caballero “Panchillo”. 


También, como mi padre tenía una imprenta, frente mismo al cine Cairasco, en el barrio de San Nicolás, me resultaba cómodo acudir a los entrenos del Club de luchas Vencedor. En el mismito laboratorio del club rojillo, recibí algunas lecciones del campeonísimo Alfredo Martín “El Palmero”... El Vencedor, tenía un equipo parejo y con buenísimos luchadores en sus filas: Alfredo Martín, Orlando Sánchez, Pollo de San Nicolas, Pollo de los Reyes, el Pollo de la Hoyeta, los hermanos Coruña, Pepe Quintana, “Panchillo” y otros muchos. 

Yo disfrutaba muchísimo, con aquellos choques entre iguales. Ver a Panchillo, siempre armando lucha, probando distintas mañas, según el adversario, era gratificante... 

Le recordé, la última vez que lo vi, en el Paseo de San José, aquellos enfrentamientos con otro artista El Pollo de Sardina o con los bravos hermanos Reyes, Bartolo Correa, Mendoza, la dinastía de los Calabazas, Tarzán, Carlitos Cabrera. Había, en esa época, un amplio semillero de luchadores, que no decidían los encuentros, pero que con su honradez sobre el terreno, despertaba interés entre los aficionados... Me desplacé hasta el populoso barrio de San José, para ver si Panchillo tenía algún pantalón de “mano metida” para el documental etnográfico “Sobre la Lucha Canaria”, de la serie de TVE “Senderos Isleños”... Él, puso toda la voluntad en atenderme y me remitió al hijo de Juanito Mujica y al nieto del Faro de Maspalomas. 

Al despedirnos quedamos para vernos y recordar viejos tiempos, pero desgraciadamente, nosotros proponemos y Dios dispone. 

Se nos ha ido un amigo. Otro más, que se distinguió por su caballerosidad y entrega a nuestro deporte plástico: La Lucha Canaria. 

Descansa en paz amigo... 

ALFREDO AYALA OJEDA

sábado, 21 de septiembre de 2019

ANTONIO CARDONA, DEFENSOR Y DIVULGADOR DE LO NUESTRO

Yo conocí a Antonio Cardona, hace un montón de años. Transitábamos los mismos caminos y nos despertaba los más hondos sentimientos... un podenco, un levantamiento de arado, una paloma buchona, un pájaro canario o una pelea de carneros, que con el tiempo se fue suavizando hasta convertirse en “encuentro de carneros”. 
Antonio, y él lo sabía, siempre lo tuve en alta estima. Recuerdo que para los programas de Televisión Española “Senderos isleños”, lo ocupé en el barranco de Gáldar para que ordenara y pusiera en valor, un encuentro de Carneros. Era para las fiestas de San Isidro y ya aquellas peleas que se celebraban en distintos pueblos de las islas, había decaído y hasta estuvieron prohibidas, junto con las Peleas de Perros y riñas de gallos. 
Antonio, era un profundo conocedor de nuestras tradiciones. Se entregaba a ellas sin desmayo. Un día, cuando ideé un programa folclórico para televisión canaria, llamado La Bodega de Julián, lo cité. Amigo Antonio, le dije: tengo la intención de darte unos minutos para que abordes, distintos aspectos isleños. Así que, en medio de música de la tierra, puedo distraer unos momentos para que tú, organices tu espacio.  Y Antonio, claro... No esperó a que terminara... ¿cuando empezamos? 

Y empezó su andadura en la Bodega de Julián: primero las palomas buchonas, una de nuestras joyas; después los poderosos perros de presas; la vaca de la tierra, Podencos, Lobo herreño, Pájaros de posturas... y hasta “Las cabañuelas”. Antonio, era un estudioso de lo nuestro... 

Hoy, no existe ni “La bodega de Julián”, ni el Amigo Antonio Cardona, pero nos quedan sus libros y el recuerdo de quien sin hacer ruido, estuvo con nosotros defendiendo nuestras costumbres y tradiciones, hasta que en estos días, las fuerzas le abandonaron... 

Allá donde estés, mis respetos. 

ALFREDO AYALA OJEDA