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domingo, 23 de febrero de 2020

*AQUELLOS FELICES AÑOS SESENTA

Tiempo hubo en que las noches y los días se juntaban. Eran tiempos de juventud que nos hacía pensar, que nunca llegaríamos a ser mayores... Que éramos eternos... Tiempos que ni se olvidan, ni se recuperan.  Tiempos que, como a trasmano, quedan momentos de muchas penas y escasas alegrías. Tiempos de “jalar” del chinchorro, de fútbol playero... 

Lejanos quedan grabados en la memoria, aquellas colas de racionamiento, el pedir el “templete” en Canarias y “el sustancioso” en la península (hueso que se prestaban entre vecinos para darle algo de sustancia a la comida). Tiempos de aquella Ginebra asustá, con el rabo caliente de una cuchara de aluminio, para curar las madres o “el caldito de pichón” cuando se tenía en casa a alguien delicado de salud… Embargo, eran tiempos que pasaban volando y, de camino, poniéndonos en la auténtica realidad. 

Algunos disponíamos de algunas "perrillas" para ponernos algo de brillantina en el pelo y presumir como un niño “litre” entre la pollería... Eran momentos de improvisación... Recuerdo aquellas muchachitas de buen ver, en las “reuniones” que se celebraban en las azoteas que se fijaban el pelo con cerveza y después, cuando el calor y el sudor hacían su aparición, cualquiera se acercaba... El saborcito de aquel membrillo, que mordisqueabas y lo tirabas al mar, para que se fuera endulzando. 

Empezaba a enderezarse la clase media, llegaba la última moda “la minifalda”, tuvimos conocimiento de que el sur de la isla existía y hasta algunos tenían un Seat 600, que les permitía moverse a conveniencia. El turismo, era el milagro del momento. Se respiraban otros aires y al soco del turismo, pues siempre afloraba la posibilidad para tener algún dinerillo. Yo, por ejemplo, sabía que la moneda inglesa, era más barata que la libra en papel y me recorría los hoteles buscando las monedas que, después, en los barcos ingleses que recalaban por la isla, como tenía acceso a los buques ingleses, pues me acercaba y cambiaba mis monedas por papel y sacaba unos buenos beneficios... 

Se estudiaba lo justo y nos divertíamos a lo grande. La noche, tentadora, abría las puertas de par en par y allí aparecíamos los asiduos dispuestos a ligar con una sueca, inglesa o alemana. En esa época, estaba todo por hacer. Se era aprendiz de todo. Tu padre era carpintero, pues el hijo era ayudante para aprender el oficio... El campo empezaba a abandonarse a cambiar el arado o el sacho por la bandeja... Había trabajito, corría el dinero y los que disponíamos de esos “posibles” pues estirábamos la noche y nos íbamos de ligoteo a Las Cuevas, Pinito del Oro, Altavista, el Saxo, “El Búho”, “El Tam Tam”, o a los bailes de asalto y verbenas...  

Pero, claro,  hay imágenes que no se olvidan y que me acompañarán hasta la tumba,  como aquella ocasión que en la Playa de Las Alcaravaneras vi a Pier Angeli, a Silvana Pampanini, Eddie Constantini, Gregory Peck, y a Ava Garner en el Hotel Santa Catalina... 

Pero también había guitarreo. Una tarde, hablé con mi hermano para que cubriera mi trabajo, durante un par de días. Nos habíamos juntado unos amigos. Estábamos "enralaítos"... Con todo dispuesto llegó mi hermano y me dijo que le había salido un “compromiso” ineludible, que estaba como para “mojar pan” y que no podía dejar pasar la ocasión de saborear a semejante monumento, que la naturaleza argentina había moldeado durante tantos años. Así que me borré de un plumazo de la pandilla, me quedé en tierra y el resto de la gente arrancó con rumbo a la vecina Fuerteventura... Me contaron que llegar y arrancar para el Cotillo fue de una tacada. Allí les esperaba un viejo amigo, que al decir de todos era “un pura sangre”. De esos que no se arrugan por nada y que solía decir que todo para él, era llano. Vivir al día. Era pescador.  

Tenía un bermeano y montaron un asadero, mientras las sardina s iban cogiendo colorcito y aromatizando el ambiente, dio toda clase lecciones sobre la carnada viva,00 que estaba en el barquito de pesca y como se metía en la faena cuando llegaba la zafra del atún.  Pero las copas son el demonio y las porfías, cuando el alcohol aparece, se sabe cómo se empieza y no se sabe cómo termina.... 

Uno hizo una simple pregunta... Con este barquito, se puede llegar a Venezuela?... 

-¡¡Claro!! 

¿Y cómo se llega a Venezuela?. ¿Por donde hay que ir...?¿Se tarda mucho? 

Las preguntas, le llegaban en cascada... 

-Pues hay que poner la proa... 

Uno de ellos lo picó: Tú, ni sabes llegar, ni tienes los arrestos suficientes para poner rumbo a Venezuela. 

No hubo respuesta. El silencio, se adueñó de todo. Pero el barquito cada vez más se iba alejando de la costa... 

Entonces, afloró la preocupación... ¡Coño este tío es capaz de llevarnos a Venezuela...! 

Se le imploró. ¡Coño! ¡Vamos pa´ tierra!.  

No. Ahora, vamos a Venezuela... 

Una hora larga navegando a mar abierto estuvieron con la proa enfilando a la generosa Venezuela... Al final, emprendimos el regreso... 

Maestro Gregorio, que así se llamaba el patrón del bermeano, antes de amarrar el barquito les dijo... “Ya que estamos aquí podríamos ir a la Isla de Lobos, a comernos una paella... 

Pero uno de los componentes de la pandilla, nada más pisar tierra firme largó la famosa frase de Jaime Marrero: ¡¡¡ Más nunca!!! 

ALFREDO AYALA OJEDA

domingo, 9 de febrero de 2020

* OTRO ENCUENTRO CON LOS “CACOS”

Siguiendo con esa línea de tropiezos, que hay que pagar, por hacer los trabajos en la calle, recuerdo aquella otra ocasión, en que habíamos preparado la serie musical “PUNTO DE ENCUENTRO”, que tendría por escenario, el interior de las Grutas de Artiles, en el mismito corazón, del municipio de Santa Brígida.  

Habíamos concertado intervenciones con “Manzanita”, “Marisol”, “Caco Senante”, “Los Chunguitos”, “El Gato Pérez”, Arévalo, “Los Panchos” etc.  

Los programas, con intérpretes de primera línea, lograban una buena respuesta de audiencia y se tenía, además, el objetivo solapado de mostrar nuestras islas como un plató, donde se podían grabar distintos tipos de espectáculos.  

Una noche, en plena grabación, nos quedamos a oscuras. Aparecieron un montón de linternas, para localizar el motivo del apagón. Recorriendo el extenso tendido de cables, llegamos a un lateral del jardín, en plena calle, donde habíamos puesto un motor auxiliar... Cuál no sería nuestra sorpresa, que el motor que nos generaba la energía de situación, había desaparecido. Solo quedaba el cable, con su enchufe.  Uno de los camareros nos puso en pista... Yo vi un coche pequeño - creo que era un mini, parado, sin luces y escuche unas voces... pero quién iba a pensar, que desengancharían el motor y se lo llevarían... 

Al poco, apareció la guardia civil y la municipal. Otro de los empleados, casi balbuceando dijo: “Aquel almacén que parece abandonado, cada vez que salgo a fumar, encuentro cierta y sospechosa actividad... 

Alguien se envalentonó y sacando pecho dijo: “yo le pego una patada a la puerta y salimos de dudas”. Los agentes de la autoridad lo calmaron. Eso no podemos hacerlo. Vamos a informar y después actuaremos... 

Dicho y hecho. Amanecía. Había pasado un montón de horas y estábamos rendidos. Al final apareció alguien, que facilitó la entrada al almacén. Se abrieron las puertas y dentro, casi entongados, estaban un gran número de coches “mini”, unos desmantelados, otros impecables... 

Y allí, casi en la puerta, el motorcito que nos arruinó una noche de trabajo.  Les dije, a dos de los auxiliares, que lo cogieran y la autoridad lo impidió.  

Tardaron días en devolverlo. Terminé en el juzgado, porque el almacén era un lugar donde los amigos de lo ajeno, tenían como laboratorio, depósito y reparación de los robos, de los coches de esa marca y cobrar por “su” trabajo. 

Fueron varios, los responsables, de este “negocio” bien montado y que dieron con sus huesos en Barranco Seco”. 

Llegaba el cliente, a este taller de especialistas de “mini”, le diagnosticaban la avería, le robaban las piezas a otro coche, le cobraban, hacían ficha para quedarse con todos los datos y así, cuando necesitaban alguna pieza, iban en su busca y lo desmantelaban. 

ALFREDO AYALA OJEDA

viernes, 7 de febrero de 2020

* EN LA MAR Y SIN REMOS

Andar por esos mundos de Dios, grabando programas y viviendo fuera de casa, la mitad de la vida, deja muchísimos momentos, en los que agarras unas calenturas del carajo o unas satisfacciones de escándalo. Hoy, cuando tengo la vena humorística cargadita, suelo ponerme a escribir algunas de esas vivencias... 

Una de ellas, tiene por escenario la isla de La Palma, concretamente, Tijarafe. Tijarafe, significa frescura o sombra. Es tierra de inmensos pinares, que se alongaban hasta el abismo de los acantilados. Tanto es así que, hasta no hace mucho, su principal fuente de economía era el carbón, la brea, los horcones.  

Andar por esas tierras de bendición, es como adentrarte en el pasado. Un día, con la intención de hacer uno de los capítulos de la serie etnográfica “Senderos Isleños”, nos habíamos citado, en mitad del monte, con una familia que entre otros cometidos, se dedicaban al carbón y varas para los tomateros. También, en los tiempos muertos, estaba en nuestra agenda, entrevistarnos con una afamada repostera de la zona. Tal era la cantidad de material que llevábamos que, por cuestión de comodidad, decidí alquilar dos casas rurales que estaban ocultas entre la inmensidad de los altos pinares.  Éramos, un reducido equipo de Televisión Española: Un realizador, un cámara, un ayudante y yo.  

También, habíamos alquilado dos coches. Era noche cerrada, cuando llegamos a las casas rurales. Disponíamos de lo mínimo para pasar la noche: café, agua, algunas galletas, chocolate y paquetes de papas. Mientras picábamos algo, preparamos los planes de trabajo para el día siguiente, porque a primerísima hora teníamos previsto vernos con la repostera, para hacer un documento de la riquísima variedad de repostería de la zona.  

A primera hora – yo suelo dormir deprisa- Al alba, preparé una buena cafetera y salí de la casa rural a fumar un cigarrillo, ver cómo se va despertando el campo y saborear el humeante cafetito. Me arrepolliné en el coche y puse la radio para estar informado.... Al rato, miré el reloj y me apuré a levantar a los compañeros, porque se acercaba la hora de la cita con la repostera... 

Todos en pie, salimos de las casas, cuando vimos que, camino arriba, llegaba nuestra invitada... Nos saludamos, le ofrecí un café que no aceptó y le dije... ¡Nos cogió saliendo! ¡Íbamos en su busca... ! 

¿Con esos coches?, me dijo 

-¡¡Claro!! 

Pues tendrá que ponerle las ruedas, porque ninguno las tiene... 

Nos habían robado las ocho gomas y calzaron el coche con unos bloques. Los amigos de lo ajeno, nos dejaron tirados en aquel descampado... Sin teléfonos, sin cobertura... Vamos, en la mar y sin remos... 


Al final, terminamos acercándonos al puesto de la policía y denunciando el caso. Siempre, -nos dijo alguien que también aguardaba para presentar una denuncia-, estos robos suceden de madrugada y en estas mismas casas rurales que, están casi perdidas entre los pinos, lejos de las miradas de curiosos. A los cacos, solo les interesan las gomas y las llantas.  Seguramente, tienen un encargo de alguien y esperan que llegue el momento. 

Allí dejamos los coches subidos sobre los bloques y, siguiendo las instrucciones de nuestra artesana, emprendimos  camino hasta una ventita que, al decir de nuestra invitada, tenía teléfono.... Llamamos un taxi y nos fuimos al puesto de policía... Para jincarle unas gotitas de humor le comenté al agente: “Es lo que tiene de bueno moverse en coche alquilado; nunca te roban a ti, sino a quien lo alquila..."

ALFREDO AYALA OJEDA 

jueves, 30 de enero de 2020

* A JUANA MARÍA TORÓN, MISS NACIONAL 1.966

Poco a poco, como a cuentagotas, pasaban los años. El pasado, la guerra, las penurias iban quedando atrás... Corría 1.966, cuando Manolo Santana, conquistaba en la mismita Gran Bretaña, el título más importante del mundo: Winblendon. Era el primer español que se calzaba tan preciado galardón... También el Ministro Fraga Iribarne, se bañaba en Palomares para demostrar a la población que sus aguas no estaban contaminadas... Manolo y Ramón “El Dúo Dinámico” conquistaba el festival de la canción del Mediterráneo, Manuel Benítez “El Cordobés”, anunciaba su regreso a los ruedos después de recuperarse de una lesión, en una de sus manos. A la corrida de presentación asistieron numerosas personalidades como Jackelin Kennedy, a quien le brindó un toro, así como Orson Welles y Estrellita Castro; el Real Madrid, ganaba su VI copa de Europa al vencer al Partizan de Belgrado... Raphael, hacía su presentación con el tema “Yo soy aquel”. También, en ese mismo año, Mary Quant, ponía de moda la breve “minifalda”, que causó sensación entre los jóvenes... 

Pues en medio de este 1.966, pleno de inquietudes, una gran canaria, natural de Tenoya, se presentaba en Salou Pinos del Mar, para deslumbrar con su serena belleza, a ser la más guapa del país. Durísimo trabajo, tuvieron los componentes del jurado que tras distintas votaciones se inclinaron por la andaluza Paquita Torres (Miss España) y como Miss Nacional, el titulo recayó en nuestra paisana Juana María Torón. El galardón de Miss Nacional llevaba aparejado una cantidad 25.000 pesetas de la época. Importe que daba para mucho. 

Foto: Juana María Torón

Yo la conocí, antes y después de su aclamación. Recuerdo tener una cita con ella, en el Periódico El Eco de Canarias, donde se me había encargado hacerle una entrevista... Cuando estábamos sentaditos y dispuestos, surgió un suceso en las “Cuevas del Provecho”, en Mata, donde una criatura resultó muerta. Le dije que me acompañara a cubrir esa información y que por el camino iríamos hablando. Así fue. Me esperó en el coche. Cuando terminé el trabajo, regresamos al periódico. Inmediatamente, me puse a escribir el suceso y le pedí a Juan Santana, compañero de redacción, que hiciera la entrevista a Juana María.  

Con Juana María, andando el tiempo, volví a coincidir en “Tenderete”, programa de televisión que dirigí a finales de los 90 y en “Bolero”, en el Cuasquías...  Dejaban huella sus ojos: grandes, dulces, de serena mirada, cautivadora sonrisa y, sobre todo, muy buena gente... Un año antes, en 1.965, resultó elegida Miss Nacional, otra belleza isleña: Fela Roque, quien trabajó en el cine junto a Robert Taylor, en la película “Pampa Salvaje”... Recuerdo aquella ocasión en que me habló, de manera natural de su delicado estado de salud, con el que mantenía una lucha, que se dilató en el tiempo. 

Hacía algún tiempo que no coincidíamos y hoy, de sopetón, me encuentro en La Provincia, la triste noticia de su fallecimiento. 

Descansa en paz querida y guapa amiga. 

ALFREDO AYALA OJEDA

domingo, 26 de enero de 2020

* COSAS DE FAMILIA...

MI TÍA, PEREGRINA

Por estas fechas, cuando aparco las prisas, suelo hacer un largo y detenido recorrido de algún sucedido curioso, entre miembros de la familia o conocidos. Son recuerdos de momentos vividos o historias que han quedado grabados en mi memoria y que, en estos días, me gusta recordar. 


Mi tía Peregrina, fue una mujer adelantada al tiempo que le tocó vivir. A los golpes que da la vida, ella siempre los sorteaba con buen humor. Era recta, espontánea y no recuerdo ningún contratiempo que le pintara la cara con un mal gesto. 

Ella, en su chalet de Ciudad Jardín, salía cada mañana, al alba, para comprar los periódicos y el pan. Uno, El Eco de Canarias, porque escribía su hermano, Antonio Ayala y también su marido, Juan Sosa Suárez “Belarmino” y el otro “La provincia”. El pan, de la panadería Morales. Era el llamado “pan fino”, famoso dentro y fuera del barrio de Alcaravaneras. Los panecillos venían, (en aquellos tiempos de penurias), envueltito en una finísima servilleta de papel. 

Peregrina, sin temor a equivocarme, no solo era una mujer informada, también una buena tertuliana. Leer los periódicos o escuchar la radio, era su alimento primordial. 

Con los ejemplares bajo el brazo y el cartucho de pan en la mano, deshacía el camino, hasta acomodarse en los banquitos en la plazoleta, próxima al histórico Estadio Insular. Allí, se leía de punta a punta, los periódicos. 

Una noche, espléndida y serena, cuando se disponía a dormir, fue a cerrar una de las ventanas que daba al jardín. La ventana se le resistía... Hacía fuerza y no podía. Parecía como si estuviera atorada. Peregrina, ajena a todo, puso una silla y se subió para ver que le pasaba a la dichosa ventana. Al abrirla, de sopetón, se encaró con un hombre que estaba empujando la ventana, para entrar en la casa. De repente, se vieron frente a frente. Los dos, dieron un respingo. En situación similar a cualquiera le hubiese dado un patatús, pero ella, con flema inglesa, lo miró fijamente, a la vez que le decía: ¿qué hace usted ahí...? 

El hombre, sorprendido, balbuceando, atinó a decirle: “Tengo hambre y quería coger alguna cosa para comer”. 

Tenía el hombre los zapatos en la mano y una profunda carita de pena... ¿Qué hago? Se preguntaba mi tía... Inesperadamente, optó por invitarlo a pasar... El hombre estaba confundido en esa mezcla de sorprendido y agradecido... Peregrina, pachorrúa como ella sola, calentó un potaje de lentejas, le puso sobre la mesa unos plátanos y se sentó con su invitado. 

Charlaron, hablaron de los golpes de la vida... de las injusticias, de problemas y las complicadas soluciones... 

Tras la larga charla, mi tía le dio cuanto podía y también le endulzó el bolsillo con unas perrillas... El aprendiz de caco se marchó más contento que unas pascuas y en el escalón de la puerta del chalet, se calzó sus zapatos. 

Mi madre, seguía el relato sin perderse detalle. ¿Pero cómo de noche y sola, que estabas en tu casa, te atreviste a dejarlo pasar...? ¡¡ Tú eres muy atrevida!!... 

Solita, es que aquel hombrito no tenía fuerzas para nada. Su carita, daba tanta pena y cargaba tanta tristeza, que se me estremeció el alma... 

Andando el tiempo, en vísperas de Navidad, el caco volvió a la casa de mi tía. Tocó el timbre y Peregrina fue a ver quién llamaba a su puerta... Era el mismito hombre que una noche intentó entrar en la casa...Venía con una sencilla flor silvestre. Cuando la vio, una lágrima le resbaló por su mejilla. Le dio las gracias y la felicitó... 

Jamás mi tía, lo volvió a tropezar...

ALFREDO AYALA OJEDA

martes, 21 de enero de 2020

* CUANDO DON JUSTO MESA, ACARICIÓ LA IDEA DE ENFRENTARSE, EN DESAFÍO, AL FARO

Allá, por el año 1.975, se me metió entre ceja y ceja, publicar un libro sobre la vieja Lucha Canaria. Lo hice, movido por el cariño que le tenía a mi padre, Antonio Ayala, periodista, jefe de deportes del desaparecido periódico “El Eco de Canarias”, y corresponsal del deportivo diario, Marca. Mi padre, había trabajado recopilando información sobre la Lucha Canaria, de la que fue secretario de la Federación durante muchos años. Vivió aquellos acalorados momentos de la unificación del reglamento, ampliamente reflejados en el libro. También, otros trabajos sobre fútbol, boxeo, vela latina, etc. Mi padre, falleció en 1973, y yo, conocedor y colaborador de su obra, me empeñé en sacar a la luz un libro, (agotado), que titulé: “La Lucha Canaria” y años más tarde, preparé y dirigí un documental para la serie etnográfica de TVE “Senderos Isleños”, bajo el título: “Sobre la Lucha Canaria”. Queda claro que mi gran pasión es la lucha canaria. 

Dicho esto, en el libro, se hacía referencia a un posible desafío entre el campeonísimo don Justo Mesa y el hombre del momento: el hercúleo y también campeón, José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas”. El encuentro, entre estos hombres de leyenda, fue muy esperado por los incondicionales de uno y otro luchador, aunque nunca llegó a celebrarse... 

Hoy, repasando mis documentos, me tropiezo con una larga crónica publicitada en el periódico “La Provincia”, el 27 de agosto de 1.995, en el dominical, cuadernillo donde escribía, sus “Siesta de Memorias”, el cronista oficial de Gáldar, Martín Moreno. En esta fecha, Martín Moreno, contaba con pelos y señales, aquella ocasión en que, Andrés Medina, al que nunca le gustó practicar la lucha, derrotara a la voz de ¡ya! a don Justo. 

Don Justo, que llevaba muchísimo tiempo sin caer, le escribió, insistentemente, cartas pidiéndole el desquite. Pero ese encuentro de “rasquera” nunca llegó a celebrarse porque Andrés Medina, tras su sonada victoria, no volvió a ponerse los pantalones de lucha. 

Pues por esa época, allá, en la pila de Telde, había un hombre que tan solo verlo salir al terrero, daba escalofrío. Espigado, rozando los dos metros, músculos de acero, ateado, estaba sembrando el pánico en los terreros. Era, el Faro de Maspalomas, del que se contaban toda clase de hazañas: ...que si ahogaba con la cabeza, la fuerza del motor de un pozo ...que si mataba un cochino, de un puñetazo ...que si levantaba el arado, como si fuera una caña de pescar ...que si le pegaba una burra a una platanera y la tumbaba...  en fin, tantas cosas se contaban.
Ilusionado por medirse con este nuevo “As”, don Justo acarició la posibilidad de un desafío, con el título en juego, que en ese momento estaba en poder del Faro... 

Don Justo Mesa, empezó con sus blandeos hasta ponerse a puntito... Fue entonces cuando le pidió a Andrés Medina, que fuera a ver un entreno del “Faro”... Y Andrés, fue. Vio, volvió y dio su impresión... Así lo cuenta el amigo Martín Moreno: 

“Tantas horas como las que caben en un día, nos costaría convencer a don Justo para quitarle esa idea de la cabeza. 

-Entonces, usted... ¿Cree que lo mío es una locura, que yo no soy hombre para “El Faro”? 

-Lo de “hombre”, déjelo aparte, don Justo. 

-¿Entonces? 

-No es cuestión de hombría, sino “de quintas”. Usted es de ayer y él de hoy. Y eso no tiene remedio. Piénselo, don Justo. 

Lo pensó y se arrepintió. "

Nota: se decía que don Justo – que atravesaba un momento económico delicado- le llegaron a ofrecer 25.000 pesetas (de las antes) por celebrar el desafío. Pero don Justo, prefirió prestigio antes que dinero... 

Así era nuestra gente. 

ALFREDO AYALA OJEDA

miércoles, 15 de enero de 2020

* MÁS SOBRE LA VIEJA IDEA DE ESCRIBIR UN LIBRO, SOBRE LA HISTORIA DE "MAESTRO PEPE", EL FARO

Continuando con aquella vieja y aparcada idea, de escribir un libro sobre José Rodríguez Franco “El Faro de Maspalomas”, también, en esos años, ocupé al amigo José Martín Ramos por aquel entonces, Jefe de Informativos de Televisión Española, en Canarias. Con Martín, he compartido distintas trincheras informativas: en el desaparecido periódico “EL Eco de Canarias” y en TVE. Juntos, formamos una unidad informativa en aquellos difíciles y últimos momentos del entonces Sáhara Español recorrimos los fosfatos “Fos Bucraa”, sesiones plenarias de Yemaá (Asamblea General), contactos con algunos miembros del Polisario y distintas escaramuzas entre Polisario y el Puns. 

Foto: J.J. La Calle, Martín Ramos, Alfredo Ayala y Juan Ramón Gómez. La imagen corresponde a los últimos momentos del Sáhara español.

Hicimos algunos documentales titulados “Dos rombos”, que eran atrevidos en los tiempos que corrían. Uno dedicado a la prostitución, otro a los robos de moda “El tirón”, y el butrón a las joyerías... Además, juntos hemos estado en los servicios informativos, en distintos acontecimientos o en espacios especiales sobre los Carnavales, o en acontecimientos puntuales en beneficio de la Cruz Blanca,disputando un torneo triangular en el viejo Estadio Insular, en aquellos históricos encuentros entre Médicos, Abogados y Periodistas, de los que siempre salimos vencedores. 

Bueno no quiero distraerme y solo me queda por ofrecerles la visión de Pepe Martín Ramos, sobre el “Faro de Maspalomas”... 

Foto: Monumento al Faro


JOSÉ RODRÍGUEZ EL “AS”. 

José Rodríguez Franco, su vida y su obra, representa la naturaleza y la historia de donde nos ha tocado vivir: Canarias. 

Somos un país donde han confluido varias culturas. Un Archipiélago que ha servido de laboratorio para muchos experimentos; unas islas a veces enfrentadas en beneficios de terceros, pero a su vez, Canarias ha sido un pueblo hospitalario y sin fronteras, producto del mestizaje y por estar situadas en un punto geoestratégico importante. Pero, cuando los foráneos, en cualquier país superan la cifra del diez por ciento, se puede considerar una colonización; cifra que se duplica en Canarias, máxime cuando gran parte de la economía no está controlada por los nativos. Todo ello ha repercutido negativamente, en las pautas de comportamiento que se evidencia en la sociedad canaria, donde los años cincuenta del pasado siglo; evolución que tenemos que analizar para que no siga afectando a nuestra identidad. 

Y, nos hemos situado en estas fechas y momentos porque son los más duros para nuestro personaje, José Rodriguez Franco “Faro de Maspalomas”, un “AS” del deporte vernáculo y un trabajador comprometido con su tierra, que tiene que complementar su “brega” en los “terreros” con su trabajo ocasional en aparcería, pozos, construcción y allá donde fuese necesario para sacar adelante a los suyos de una grave crisis económica. 

José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas”. Como todos los de su condición y raza fue un caballero en la lucha canaria, ejemplo que llevó a la sociedad que le tocó vivir en el Sur de Gran Canaria, llegando incluso a hacer frente a una condena en el denominado caso de Juan García Suárez “El Corredera”, que fue sin duda uno de los más injustos sumarios instruidos en el franquismo. 

José Rodríguez estuvo en la cárcel de Barranco Seco, pues la máquina de la época le había implicado en todas las andanzas de su amigo Juan García, que luego resultaron no estar nada claras. Pero eran los momentos de grandes silencios, y el “ASA” tuvo que ver la realidad desde el Centro Penitenciario cuando lo único que había hecho fue acompañar a su amigo y compañero de la época a “echar unas copas de ron”, en la ciudad de Telde... 

La figura del “Faro de Maspalomas”, una vez más, quedó limpia de tanta “trama” y cuando salió de su “celda” y volvió a los campos de lucha para satisfacción de los miles de canarios que lo seguían por todos los lugares. No olvidó aquellos hechos, no pudo y tampoco quiso quitar de su cabeza el recuerdo perpetuo de Juan García “El Corredera” con quien había compartido su experiencias y sufrimientos como un apéndice más de la miseria mental canaria, que no era otra cosa que las terribles calamidades de la clase humilde, que tuvo que recurrir al gofio como alimento y a las cartillas de racionamiento como alternativa. Recuérdese que la parte más difícil y árida del personaje fue desde 1.936 al 1.959. 

Los hechos lo curtieron y de qué manera, y pudo comprobar cómo se le amaba profundamente y por eso no quiso dejar de intervenir en los “terreros”, no ya como luchador – pues habría pasado el tiempo- pero sí realizando exhibiciones para mantener la “llama encendida” con su arado. 

Era un hombre alto, corpulento, como demandaba el bello deporte. Era un gladiador que no quiso rendirse ni al deporte vernáculo, ni a la vida que tantas “cornadas” le había dado por el sólo hecho de querer respetar lo suyo. Fue un “caballero de la lucha canaria” que cada jornada con su mirada infantil y perdida acudía no ya sólo a los grandes puntos de concentración deportiva, sino a aquellos pequeños caseríos y pueblos que gustaban ver como un “AS” del mundo vernáculo continuaba realizando sus exhibiciones de levantamiento de arado, como queriendo transmitir a las nuevas generaciones su amor y entrega absoluta por nuestras esencias: lo canario. 

José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas” luchó hasta el final de sus días. Su cara era un reflejo de quienes no se tomaron un descanso de quienes, pese a la adversidad, marcaron con su propio estilo una época que fue dura, injusta, pero que él como nadie supo superar para ejemplo de un pueblo, de una raza... 

J. Martín Ramos


ALFREDO AYALA OJEDA

viernes, 10 de enero de 2020

* LA VIEJA IDEA DE ESCRIBIR UN LIBRO SOBRE LA HISTORIA DE "MAESTRO PEPE", EL FARO

Hace algún tiempo, en vida de Maestro Pepe, Pepito o José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas,” me propuse escribir un libro sobre el vivir sucesivo de este hombre irrepetible. Tenía la verdad, numerosas historias, gestas de poder, desafíos y conversaciones mantenidas a lo largo de muchísimos años.  Yo lo admiraba y lo frecuentaba cada vez que me desplazaba a Telde. Guardo recuerdos en el barrio de San Francisco, alrededor de un pozo de la zona, en el barranco de Telde, en medio una finca de plataneras. Incluso un día lo cité en el López Socas con su arado para hacer, para TVE su levantamiento desde distintos puntos de vista. Mantuve conversaciones sobre “El Corredera”, sobre la muerte de su hijo, sobre un homenaje que le preparó mi padre en el campo del Hornillo cuando el Faro pasaba unos apurillos, en el viejo Campo España cuando endomingado irrumpió en el terrero en medio de la actuación del forzudo Sansón del siglo XX, en la plaza de San Gregorio cuando retomó la lucha y ficho por el Unión Telde de Juan Galindo... ¡¡En fin!!  


Pues para hacer realidad el libro sobre el Faro, hablé con distintos amigos que lo conocieron para que me hicieran algún escrito sobre maestro Pepe. Uno de ellos, de pluma precisa, José Luis Cruz González, compañero en prensa y en televisión me hizo este escrito que ayer, rebuscando entre mis papeles me lo encontré.    



UN ARADO QUE SURCABA EL CIELO  

Para la chiquillería maravillada era, ante todo, el hombre que empenicaba el arado como si fuera una caña. La lucha Canaria tuvo en él, a una de las acabadas expresiones de la nobleza en la brega. Se llamaba Maestro Pepe y también Pepito. No le gustaba que lo llamaran don José, porque él se sentía un obrero y, en su juventud sureña de atropellos caciquiles y pan duro el don era una frontera social, el título que marcaba diferencia que repugnaban a un sufridor de injusticias, a un amigo de Juan García Suárez, “El Corredera” y de Francisco Casimiro, comunista tibio y antifascista radical.  

Era lo más alto y lo más luminoso. Por eso era el “Faro de Maspalomas”. Triunfó cuando más difícil era destacar. En su momento de máximo esplendor el deporte de sus amores estaba plagado de grandes figuras en casi todas las islas. Maestro Pepe añadió brillo a la época de oro de la lucha canaria. Su presencia en el terrero era doblemente imponente por el señorío de sus pausados ademanes y por la potencia de sus músculos. Desde que era un adolescente se hizo leyenda su fortaleza. Con Pepito no se podía apostar en cuestiones de poderío físico. Cinco duros - de aquellos que daban para comer dos días a base de bien- tuvo que apoquinar el atrevido que le desafió a echarle una burra a una platanera y partir el rolo con una mano en menos de tres minutos.  

De José Rodríguez Franco todo se ha escrito en los papeles y todo se ha exclamado en las gradas de los terreros, pero quizás el mejor compendio a tanto tributo de admiración lo hizo un médico de los habituales en las tertulias que entonces se formaban en el Café de Buenaventura, cerca de la plaza teldense de San Gregorio. Dijo el doctor: “El Faro no tiene más fuerzas porque debe emplear la mitad en contener a la otra mitad”.  

Sin embargo, lo más hermoso de José Rodriguez eran sus silencios ante las preguntas delicadas que aludían a la represión política, al escondite de ·Corredera o a la prisión de Casimiro. El Faro era un hombre de palabra. Por eso callaba. Odiaba el abuso y despreciaba a los prepotentes, pero tampoco era un héroe ni un inconsciente. Era un buen amigo que se sentía unido a los suyos, pero carecía del impulso del militante.  

Desde el otro lado, desde la orilla marginante de los enemigos de sus amigos, quisieron manipular su fama para convertirlo en símbolo del régimen político imperante. Por prudencia, que no por deslealtad, tuvo a veces que tragar, pero nunca hasta el punto de que llegara a pensarse, que había connivencia entre él y los que pertenecían instrumentalizar el cariño que en toda Canarias se le tenía.  

Pepe Rodríguez, un cachorro de hombre, un amigacho del carajo, un caballero de fundamento, casi no podía hablar en los últimos momentos de su vida. Había callado tanto que sus cuerdas enfermaron y hasta esa dolencia criminal tuvo que extenderse traidoramente por todas sus células, para conseguir dar en tierra de camposanto, con el cuerpo de un personaje al que le brillaban los ojos (ojos de faro) cuando le decían: “Pepito, a usted lo que le pasa es que es un guanche”. El alma de niño y el orgullo sanote de la gente del Sur, le afloraba a los labios para dejar caer la escueta respuesta socarrona: “Será...”  

En la memoria de los que hemos pasado el ecuador de la existencia y hasta un trópico queda la estampa gallarda de un arado que enfilaba el horizonte y se alzaba hasta el cielo para surcar de admiración la misma barba de Sansón.  

La prodigiosa facilidad con la que levantaba el arado, queda como un símbolo doble, porque durante muchos años el arado iba amarrado al yugo en sus demostraciones. Puede pensarse que aquello era la única entre una extraordinaria exhibición de facultades físicas, pero aquel hombre, era tan buena gente y aquellos tiempos eran tan perversos para su pueblo, que a uno le viene la imagen del libertador Espartaco, redivivo cuando evoca la última vez que vio a Maestro Pepe ya en las puertas de la ancianidad, izando el arado en la Plaza de San Juan, junto a los laureles de India que cató el poeta Fernando González y que parecían coronar con su denso follaje, no a Pepito, sino al arado que prolongaba el milagro de nuestro Titán.    

J.J. Cruz González  

Jinámar, diciembre 1.992 

ALFREDO AYALA OJEDA 

domingo, 29 de diciembre de 2019

* “CONCIERTO DE NAVIDAD”, UN CLÁSICO GOFIÓN

Hace unos días, con motivo del tradicional concierto de Navidad de Los Gofiones, Televisión Canaria, me invitó a contar algunos aspectos sobre sus más de 50 años de andadura. Bullía en mi cabeza, distintos momentos vividos con esta señera agrupación, pero me apetecía contar aquel sucedido en que tradición (El canto del boyero) y modernidad (la minifalda) caminaron de la mano por el Teatro Pérez Galdós... 

Foto: Los Gofiones

Los recuerdo, en aquella ocasión, en que aunados por Totoyo Millares, se presentaron, oficialmente, en el mismísimo Teatro Pérez Galdós, ante un numeroso público deseoso de escuchar, de verdad, la autenticidad de los cantos de la tierra, casi olvidado por la teatralidad que imprimía la Sección Femenina y Coros y Danzas de España, sobre nuestro folclore. Una presentación que, valgan verdades, no era del agrado de las autoridades porque, en esos tiempos, quien se moviera al margen de lo establecido era culpable de todo, aunque no fuera sospechoso de nada.  

En aquellos momentos en que se presentaban “Los Gofiones”, una prenda, “la minifalda”, estaba de moda. La breve y “pecaminosa” faldita irrumpió con fuerza como símbolo de rebeldía y la mismísima Massiel, tuvo la osadía de lucirla en Eurovisión, cuando triunfó con el tema “La, La, La”. 

Continuaban soplando aires de libertad y la dictadura empezaba a tambalearse. Con un 68 calentito, se presentaban “Los Gofiones”, que además de su repertorio, había convidado a un personaje: Maestro Salvador “el de Abelardo”, que Paco Sánchez, componente fundador del grupo, había invitado, para que hiciera un canto del boyero. Es un canto que ejecuta el campesino en el momento que, con su yunta, prepara el terreno. Esta labor se hace cantando, a palo seco, como queriendo incorporar a los animales a la sociedad para, a la vez que se le canta, combatir la soledad:  

Como mi suegra es tan santa 
dice que yo soy el diablo 
y desde que me ve venir 
coge en las manos el rosario.  

Maestro Salvador, hizo su ensayo y cuando terminó decidió dar una vuelta, por las distintas estancias del teatro. Sus ojos, no daban crédito al ver que la breve prenda de moda, no tapaba las pantorrillas,  se preguntaba para sus adentros ¡coño! ¡Esto es una falta de respeto! ¡Todas enseñando los muslos! ¡¡esto es el fin del mundo...!! 

Murmurando, murmurando, se fue a localizar a Paco Sánchez y, sin pestañear, le dijo: ¡Paco!, ¿Dónde coño me has traído ?... ¡¡¡ Esto es una casa de p... !!!. ¡¡Sácame de aquí!! 

Paco, lo sacó fuera del teatro y poco a poco lo fue calmando. Y llegado el momento de su actuación, recreó la estampa campesina, con el “canto del boyero” que, por cierto, fue premiado con una sonora ovación... Cuando terminó, le dijo a Paco: ¡¡qué fácil es esto...!! Solo he tenido que hacer ante las cámaras, lo mismo que hago en los altos de Gáldar, con mi yunta.  

La presentación de Los Gofiones junto a Maestro Salvador, el de Abelardo, fue, en aquel 68, de muchas voces y prolongados silencios, un primer paso de una larguísima caminata, emprendida hace 50 años con el firme y único propósito de recuperar, conservar y divulgar nuestro folclore. 

Unos años más tarde, en la única televisión que había en nuestro país, intervino Maestro Salvador en el recién creado programa “Tenderete”., junto a Valentina y una jovencita Olga Ramos, que actuaron con el acompañamiento de distintos componentes de “Los Gofiones” como Perico Lino, Paco “El Suave”, Paco Sánchez, Nano Doreste, Roberto Hernández, etc. 


Foto: Perico Lino y Alfredo Ayala

Por todo ello, por su contribución a nuestro folclore, quiero levantar la copa de la gratitud, haciendo un “brindis gofión” para que, entre otros, “un tipo como Perico Lino“, nos hiciera soñar y un inspirado Manolo Melián, convirtiera en himno sentimental, el tema “Gran Canaria”.  

Gracias a Totoyo Millares por la feliz iniciativa y gracias “Gofiones” por defender y cultivar nuestro riquísimo folclore. 

ALFREDO AYALA OJEDA

martes, 24 de diciembre de 2019

* ¡¡CÓMO HAN CAMBIADO LOS TIEMPOS!!

Siempre, siempre, cuando se avecinan las Pascuas, Fin de año y Reyes, me viene a la memoria momentos vividos junto a mi madre. Ella, era como el coche escoba de las competiciones deportivas. Iba con poco. Bastaba que le tocaran en la puerta para franquearle la entrada y ofrecer cuanto tenía a su alcance. Mi madre, tenía su método de conducta con quienes repetidamente tocaban a la puerta o descolgaban el gancho: “yo cubro una necesidad, pero nunca costeo un vicio” 

Nosotros, los siete hermanos, tuvimos cuidadoras. No era contratadas, no. Solo eran amistades del “tropezón”, como calificaba mi madre, al encuentro casual en el momento que iba, a la iglesia del Risco de San Nicolás, a por el hilo de San Blas, protector del cuido de la garganta... En una de sus recaladas a la pequeña ermita, conoció a Rosalía y, después, la fuimos conociendo el resto de la familia. Rosalía, tenía una abundante melena “revuelta en color” que sometía al orden sujetándola con un desgastado elástico que le permitía formar una espléndida cola de caballo. Rosalía, tendría sobre los sesenta años. Era una mujer moderna para los tiempos que corrían. Vestida con un “traje saco” con un amplio bolsillo, que le servía para guardar una llamativa cajita, de polvos de rapé y un monedero. 

Cada mañana, con la fresquita y resguardada con una pañoleta, Rosalía salía de su casa, en el Risco de San Nicolás, atravesaba la calle Guerra del Río, enfilaba el Paseo de Chil y a la altura del Estadio Insular, cruzaba las arenas y se plantaba en la puerta de mi casa. Se sacudía los pies, golpeaba sus alpargatas contra el suelo, para eliminar la rubia arena y en la tiendita próxima, compraba su cuartita de vino... 

Mi madre, la esperaba con los granos del café del “paletú”, el molinillo dispuesto y la cafetera de calcetín, preparadita. Mientras hacía los preparativos , ellas pegaban la hebra. Tras tomarse el buchito de café, Rosalía agarraba la escoba y empezaba a barrer, desde la puerta de la calle, hasta el fondo de la cocina... Cuando terminaba, preparaba una tacita, le ponía unas cucharaditas de gofio y detrás un tanganazo de vino... Con cuchara de aluminio, le daba vueltas y más vueltas, hasta hacer una “rala” que, según ella, sabía a pastillitas... 

Años estuvo haciendo y deshaciendo el mismo trajín. Un día, las fuerzas la abandonaron y mi madre, cada vez que tenía un hueco, me pedía que la llevara para visitarla... 

Policarpo, el “amañao”, era otra de las visitas que frecuentaba mi casa. Policarpo era parco en el decir y extenso en el hacer. Sabía de todo; cañerías, cables, electrodomésticos, albear, albañilería. Era pequeñito y flaco, como un podenco... Nunca se quitó su viejo sobrero. Mi madre, cuando había alguna avería que requería la visita de Policarpo me decía, Alfredito, vete y avísalo y yo atravesaba aquellos arenales que separaba a mi barrio, La Alcaravaneras, con Guanarteme. 
Policarpo, desde que le pasaba el aviso, venía "eslapao". Él pasaba sus necesidades, pero en mi casa, en los momentos a los que me refiero, lujos no, pero frutas, carne y pescao salao, pues sí. 
Pegadito a la cocina, había una breve despensa. Allí colgaba un racimo de plátanos y allí, precisamente, era donde Policarpo hacía sus arreglos. Empataba unos cables y se "jincaba" un plátano... Cuando terminaba, decía: “Doña Solita, ya la plancha la probé y funciona. Se me ha quedado un cable por fuera, pero lo importante es que planche. Así que tenga cuidadito al usarla, no sea que le vaya a dar un calambrazo”... 
Policarpo, ¿cuánto es...?, decía mi madre... 
Nada Solita, no es nada... pero si me gustaría que me diera un poco de pescao salao -un cacho de cherne o una vieja seca- y unas papitas y estamos en paz. 
Mi madre le preparaba su pedido y salía de mi casa, más contento que unas pascuas. 

Otro caso era el de Solita, una mujer repetidamente golpeada por la vida. Era muy amiga de mi madre. Solita, vivía casi pegado al Estadio Insular. Allí, en una amplia casa terrera, tenía en la entrada su taller de costura. Ella, decía mi madre, “cosía para la calle”. Así con ese trabajito, haciendo arreglos de la mañana a la noche, fue sacando a sus hijos adelante... Una, terminó magisterio, el varón, montó un taller de mecánica, la mayor, quedó ayudándola en sus trabajos de Corte y Confección y la última de las hembras, terminó enfermería. 
Ella, Solita, sin más ayuda que su trabajo, fue sorteando las embestidas de la vida. Su marido, se fue a Venezuela en busca del dorado y nunca regresó. Solita era una mujer sufrida. El varón, Chano, en Ciudad Jardín, mientras caminaba por una de las estrechas aceras, un perro le ladró. Se asustó, pisó el filo de la acera y cayó a la carretera, con tanta mala fortuna que una furgoneta, le dio un tremendo golpe en la cabeza, que lo tuvo debatiendo entre la vida y la muerte... La más pequeña, ya situada y con un buen empleo, un día decidió suicidarse y consiguió su propósito. 
Mi madre y Solita, seguían frecuentándose y ayudándose. Mi madre, en ocasiones la ayudaba en los arreglos de costura o les preparaba algo de comer, mientras, Solita y su hija, se apresuraban para cumplir con los encargos. Eran como una piña. 
Recuerdo que mi madre, le hacía unos dibujos, para que adornara algunos vestidos de las niñas. 
Pero lo que más me quedó grabado, es que la casa de Solita, repetidamente golpeada con dureza, nunca faltó esa lucha por superar la adversidad. 

Hoy, cierto es que cuando se acercan estas fiestas me gusta tirar la vista atrás y recordar algunos momentos vividos con mi madre. Historias que bien darían para escribir, un buen libro. 

Los tiempos han cambiado pero mis recuerdos, no. 

ALFREDO AYALA OJEDA