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domingo, 23 de septiembre de 2012

* NADA COMO EL LAMETÓN DE MI PERRO

He confesado en distintas ocasiones, el amor que profeso a los perros. En mi vida, de una manera u otra, puede decirse que he disfrutado de su compañía y fidelidad… Respeto y cariño, fue la base en que se fundó nuestra profunda amistad.

Mi primer contacto con un perro fue con “Tarfaya”, nombre que le puso mi padre al poco de llegar de la vecina costa africana donde realizó, en tiempos de guerra, el servicio militar. “Tarfaya”, era uno de esos perros “mil leches” y murió de viejito en casa después de sobrevivir a los “perreros” de la época y a los embates de las bravas aguas de la Mar Fea, donde quedó maltrecho. Con su muerte fue tal la tristeza familiar, que mis padres decidieron, de manera tajante, que no entrara ningún otro en casa…

En mi casa, -cosa de chiquillos-, había palomas, gallinas, una cabra doméstica “la jaira” y una pareja de pájaros canarios… Andando el tiempo, ya de “galletoncitos”, volvió a entrar un perro: “Bombillo”.

Bombillo, se bautizó así porque era la luz que iluminaba la casa. De raza foxterrier, era un calentón de corto y áspero pelo… “Bombillo”, era un miembro más de la familia… Mimoso como él sólo, abusaba de amplia permisividad y poco a poco se fue adueñando de nuestro territorio… Si te ibas a sentar un cualquier lado, él corría y te quitaba el asiento… Era la locura de mi madre y, como lo sabía, se convirtió casi en el cabeza de familia. “Bombillo”, era como un viejo general con mando en plaza…
Cuando falleció “Bombillo”, llegó a casa de mi madre una birria de perrita. Tan minúscula cosa, fue bautizada con el nombre de “Rabuja”. 

“Rabuja”, abultaba menos que el sueldo de un jubilado. Tenía un palmo de largo y algo más de diez centímetros de altura y andaba por la casa con aires aristocráticos. Negra como la noche invernal, era la celosa guardiana de la casa terrera de Las Alcaravaneras… Sus ladridos, avisaban a mi madre de las numerosas visitas que recibía a temprana hora, para tomarse el “buchito” de café… Mimosa, cada cierto tiempo aparecía con un “parto psicológico” que requería tratamiento urgente… 

La llevábamos al veterinario pero mientras le duraba el “andancio”, confundía nuestros calcetines con sus hijos… Aprovechaba la tranquilidad de la noche y como un caco, visitaba los distintos dormitorios para hurtarnos los calcetines y de manera ficticia, amamantarlos y acurrucarlos delicadamente… Por la mañana, claro, hasta su caseta íbamos los hermanos a “jugarnos” alguna mordida de la enrabietada “madre”… Era una perrita que ladraba y todo. Su ladrido era más grande que ella… Tenía graciosos y coquetos andares de “listilla” y “enterada”… Nunca supe, que raza de perrita era…

Mi última perra, fue un regalo que me hicieron en el programa que cree dirigí: “la Bodega de Julián”. Me la regalaron bautizada y todo , con el mismo nombre del programa “La Bodega de Julián”. Pero en casa, por eso de la brevedad, pasó a llamarse “July”.

“July”, tiene una estampa de envidia. De raza Bardina o Verdina, le han tirado los “tejos” para que tenga descendencia… En distintas ocasiones, la hemos llevado para que la cubra el macho elegido, pero no hay manera… Así que sigue siendo, a mucha honra, “señorita”… Está cuidadita al ”dedo”. Pasea diariamente por distintas zonas abiertas de Tafira y está cuidadosamente educada. 

Sabe hasta dónde tiene que llegar y cuando puede hacerlo… Es obediente y lista… Cuando en la calle el peligro acecha, se engrifa, se agiganta para indicar hasta dónde puede llegar el posible adversario… “July”, está en manos de mi hija y cualquiera se la arrebata…. 

En la actualidad, disfruto de la compañía de una perrita de raza caniche toy enano… de nombre Luna…

Luna, es cariñosa y, con “tecleses” incluidas por los hábitos adquiridos durante años, se siente reina y soberana de la casa. Luna, luce un sedoso pelo blanco “¡¡es del Real Madrid!! suelo decirle, en tono coñón, a mi mujer Lydia y a sus hijas Mar y Yaiza. Celosa de su territorio y temerosa de que le arrebate su cariño, reprende a Caramelo, nuestra gata y a “Panchita”, la ninfa de la casa, de la que ya les hablaré… Con relativa frecuencia viajo a distintos puntos y son los momentos en se nota la ausencia de esos lametones, sinceros y cariñosos de la fiel compañera… Por eso, el título de estas líneas: “Nada como el lametón agradecido, amistoso, de tu mascota”.


Quizás por eso, como siento auténtica pasión por los perros, especialmente por el Presa Canario, estoy ojeando unos cachorrillos que acaba de alumbrar Tirma, una perrita que se cruzó con otro destacado ejemplar, Guaire. Hoy, sueño y acaricio la posibilidad de hacerme con uno de los nueve que componen la camada… Pero el tema está complicado porque Tene, casi antes de que Tirma estuviera cubierta, adquirió ciertos compromisos…

Ya les contaré. 

ALFREDO AYALA OJEDA

1 comentario:

  1. Hoy, con razón, mis sobrinos Ada y Jorge, me tiraron de la oreja cuando leyeron el escrito que publiqué sobre mi relación con los perros. Me indicaban que faltaba uno: Caro. Y, en honor a la verdad, debo enmendar tan grande metedura de pata…
    Caro, de raza Gran Danés, de manto negro fijo, alocado, incontrolable, caprichoso y “cocúo”. Llegó casa como un regalo. Desde su llegada, sentó sus reales posaderas y puso a la familia en jaque. Caro, estando quieto, tenía una estampa de envidia. Sus orejas las tenía una señalando al cielo y otra a la tierra. Ese defecto, afeaba su estampa… Pero cuando se ponía en movimiento afloraban sus defectos dejando al descubierto que era un auténtico patoso. Torpón y carente de medida en sus impulsos cariñosos, constituía un serio problema para mi madre, que entradita en años cuando subía las escaleras para ir a la azotea, Caro, alocadamente, salía a su encuentro y en esas muestras de afecto ponía en serio peligro su integridad física… A Caro, se le permitía todo… Era, la adoración de la casa… Su desgarbada figura la ocultábamos con el cariño que le teníamos… A Caro, nunca le pregunté si era feliz. No hacía falta. Lo reflejaba en sus ojos y en sus gestos… Pero a veces, hacía cosas que era para matarlo… Una noche, por Navidad, nos reunimos toda la familia en la casa de mi madre. Caro, quedó suelto en la azotea… Ladraba, lloraba y correteaba por la azotea en vano intentó reunirse con nosotros… En la pequeña cocina de casa había muchísimo tránsito… Voces, gritos, guitarra, pandero, fiesta y alegría transmitían a la vecindad el momento que vivíamos… Caro, debió pensar para sus adentros que a una juerga como esa no podía faltar… Simplemente, pensaba que no era justo. Yo, aquí, solito asomado al tragaluz y esa escandalera abajo. No. No y no… Del pensamiento pasó a la acción y se lanzó por el hueco del tragaluz. Imagínense el talegazo que se pegó y el susto que nos dio… Todos, nos movilizamos. Unos subimos a la azotea, otros, a pedir una escalera para llegar hasta el animalito que asustado lanzaba ladridos de socorro… Hubo que desmontar las ventanas y con cuidado bajarlo hasta la cocina… Estábamos preocupados por si se había lesionado. El perro, se quejaba… Una de mis hermanas decía: ¡ es un perro suicida ¡. Todos le hacíamos carantoñas y Caro, listo como el hambre, cuando estuvo con nosotros se sintío “como reina por un día”.
    Caro, no cantó el tradicional villancico, pero pasó, como él quería, la Navidad en familia…

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