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martes, 4 de septiembre de 2012

* LA PLAYA DE LAS CANTERAS, VITAL PUNTO DE ENCUENTRO


Amanece en Las Canteras… Amanece en la antigua Bahía del Arrecife… Amanece, como suave pleamar que crece  imperceptible, elevando su tono del susurro al vozarrón… Lentamente, el mar se va animando y la vida en Las Canteras se entreabre con delicadeza al rítmico compás del oleaje… Un incesante trajín de olas que traen y llevan recuerdos… Cada día que paseo por Las Canteras, da la impresión que todo es igual y distinto a la vez…






Porque Las Canteras, tiene sus habituales. Sus devotos de toda la vida… También, tiene sus  horas, sus momentos fijos… Es, como un gigantesco reloj sentimental… Las Canteras, de una manera o de otra podría decirse que está tatuada para siempre en el perfil, en la biografía de cuantos llegan a conocerla… Y es que Las Canteras a lo largo de sus varios kilómetros y de sus muchos años de historia, es un mundo, un universo particular donde, a cada instante suceden cosas especiales que me atrapan…

De punta a punta, conozco esta privilegiada zona… No puedo negar que conociéndola aprendí a quererla…   La caminé de pequeño, cuando al soco del incipiente turismo repartía los periódicos “The Daily y Sunday Telegraph”, “News the World”… Un día sí y otro también, llevaba la prensa inglesa, al desaparecido Hotel Gran Canaria, situado a orillas de la coqueta “Playa Chica”… Hacía una breve parada en el Muro de Marrero y dirigía mis pasos al otro extremo, a “La Puntilla”, al kiosco Bruno, instalado frente al desparecido Teatro Hermanos Millares. En las escalinatas era frecuente encontrarte con veteranos y afamados jugadores, gente del boxeo, cambulloneros, pescadores y amantes de la vela latina… Con la fresquita, en el reparto de periódicos ingleses, invertía mi tiempo y me enriquecía observando el trajín de los barquillos...

A mitad del paseo, recuerdo pararme a contemplar a uno de los tantos habituales de la zona, de cuyo personaje no recuerdo su nombre, que al pie, como si de un perrillo faldero se tratara, paseaba y exhibía dos grajas que, con unos granos entre los labios, las llamaba invitándolas a levantar el vuelo para comer las semillas que les ofrecía… Los turistas, curiosos y la chiquillería, seguían sin perder detalle, las idas y venidas de las grajas. Eran tiempos, en que no todos teníamos una cámara fotográfica dispuesta para eternizar tan tiernas estampas… Él, de oronda figura, tocado con un gorro de plato, andaba por los alrededores de la Casa-Asilo de San José, emblemática fábrica que goza del cariño y el respeto de todos los isleños, fundada por el insigne doctor Bartolomé Apolinario, con la única condición de acoger al que sufre, sin más requisito que traspasar las puertas de las instalaciones…

Era normal en el paseo, aquí y allá, encontrar al madrugador, el deportista, o el trasnochador habitual que se le juntan las noches y los días o la parejita que ni mira, ni ve, ni falta que les hace… El solitario que busca espejo en el horizonte donde poder reconocerse…

De esa manera, van latiendo los primeros compases de una música lenta que en pocas horas quiebra la calma, dándole vida a paseo y playa…


Hoy, se me mezclan recuerdos del ayer y el hoy que les cuento sin orden ni concierto… Encuentros afortunados con personajes populares… Memorizo aquel yerbero Enriquito Cáceres que, con su saco sobre el hombro, era esperado por vecinos de Las Canteras para comprarle sus yerbas o pedirle consejos sobre las propiedades de alguna hierba para sus dolencias y quebrantos. Enriquito, ateado, de verbo fácil, suministraba, también, a distintas tienditas de La Isleta. Así lo hizo durante años y así continuó…

Enriquito, el amigo Enriquito con el que compartí caminatas por barrancos y montañas, en busca de la yerba sanadora, era como una empresa completa…

En otra ocasión, grabé para Televisión Canaria, cerquita del Muro de Marrero, un peculiar grupo de amigos que, ajenos al calor y al frío acudían puntualmente para alimentar a los peces con el pan duro sobrante… Salemas y lebranchos, sargos y roncadores, panchonas y bogas, todos sin exclusión asisten a la tentadora cita con el desayuno… El cotidiano espectáculo es contemplado con ternura y asombro por los curiosos que se arremolinan para no perder detalle…


El generoso y simpático grupo: Magdalena, Paco, Luisa, Carmen, Concepción, Eli, Juanito y Ana, por su gesto, creo que merecen un sincero agradecimiento por el cuidado de los peces… Un hecho que, por desgracia, es poco frecuente en ese mundo no respetuoso con la naturaleza…

Cosas así suceden en Las Canteras donde su grandiosidad y belleza despiertan la sensibilidad y el empeño por cuidarla y conservar su entorno… 

ALFREDO AYALA OJEDA

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