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jueves, 14 de julio de 2011

* MURALLA DE LAS PALMAS

La ciudad de Las Palmas, fue durante muchos siglos uno de los puntos estratégicos de la corona española en la ruta de las indias… Por eso no es de extrañar que, desde su fundación, el aspecto defensivo constituyera uno de los objetivos prioritarios…

En 1.578, después de la invasión de los holandeses que incendiaron ermitas y conventos y saquearon la ciudad, el gobernador Diego de Melgarejo, mandó a construir la muralla convirtiéndose la ciudad de Las Palmas no solo en ciudad fortificada, sino también amurallada…

La primitiva muralla partía desde el desaparecido Castillo de Santa Ana, (donde mismo está ubicado el colegio de Los Jesuitas) situado en la cercanía de la Ermita de San Pedro González Telmo y Charco de los Abades, continuaba hasta una puerta que por corresponder al barrio de Triana, tomó este nombre y luego se unía con el Castillo de Mata, ascendiendo por el Risco de San Nicolás hasta el Castillo de San Francisco.

Además de su función militar, la muralla constituyó el límite entre la zona urbana y la rural. A la sombra de esos gruesos muros y hasta bien entrado el siglo XIX estaban englobados los barrios de Vegueta y Triana…

Con el transcurso del tiempo, perdido su valor defensivo, la ciudad se expandió y en nombre del progreso la muralla fue derribada, casi en su totalidad…

En el siglo XVII, atravesar, salir de la muralla y llegar al extremo opuesto de la ciudad, atravesando el campo dunar, que se extendía desde el actual barrio de Arenales, hasta la Bahía de los Arrecifes (que andando el tiempo cambiaría su nombre por el de Playa de las Canteras) era empresa no solo difícil, sino peligrosa que solo estaba al alcance de unos pocos… Por eso, las comunicaciones ciudad-puerto, se hacían por mar y las isletas estaban unidas a la ciudad por un estrecho cordón umbilical de rubia arena…

A partir de la desamortización, que en el siglo XIX (1.832) impulsaran José Álvarez Mendizábal y Pascual Madoz, liberando suelo urbano y terreno rural, inmovilizado durante siglos por la iglesia, la nobleza y ciertas instituciones, las ciudades pudieron modernizarse y crecer…

El eco de estos cambios también llegó a Canarias. Y los proyectos de total renovación, tanto en obras públicas como privadas, se multiplicaron.

Próceres de la política y de la banca, avispados y emprendedores industriales y comerciantes se empeñaron durante décadas, en la dura batalla por dotar a Las Palmas de Gran Canaria de un nuevo puerto, que tuviese la amplitud y el abrigo exigidos por la privilegiada situación geográfica de la isla.

El antiguo y difícil puerto de San Telmo quedaría finalmente relegado a un ayer repleto de romanticismo, de historias, a veces trágicas, de veleros y lobos de mar, de añoranza y deseo por lejanas tierras de idas y regresos inciertos.

Hace 14 años, en 1.997, lo que queda en pie de la “histórica muralla”, fue declarada “Bien de Interés Cultural, con categoría de monumento.

Otro día les hablaré del “Risco de San Nicolás”, del Muelle de San Telmo, de la calle de Triana y de la Ermita de San Telmo…

Hasta entonces.

ALFREDO AYALA OJEDA

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