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sábado, 26 de marzo de 2011

* CRUZ DEL MAR (II)

Sebastián Cañada García “Chanito”
Sebastián Cañada, conocido por Chanito en el colegio, vivía en Schamann, en la calle Agustina de Aragón, aunque procedía de Lanzarote. Era el mayor de cinco hermanos y cursó estudios en el “Calvo Sotelo” de Las Rehoyas.

El vendaval empuja ahora las palabras hacia las postrimerías de aquel 1978. Chanito corretea por Schamann, empieza a fumar sus primeros cigarrillos, patea balones de fútbol de cuando en cuando, pero sobre todo tiene agua salada en las venas, como su padre, al que ayuda a desembarcar el pescado. Es la última rama que brota de una familia lanzaroteña que va donde la mar les lleva. “Era un niño casero, nada ruin”, recuerda la madre. Este año ha dejado los estudios y se ha embarcado por primera vez, en el barco paterno, pero no muy lejos de la costa grancanaria. Su gran aventura se avecina y se llama “Cruz del Mar”.

El destino comienza a hilar el traje de coincidencias tras el que se disfraza. El motor del barco amarrado al noray ronronea y su sonido quejumbroso se mezcla con las toses de Chanito, con la garganta erizada por los iniciáticos cigarros. Hoy, 24 de Noviembre de 1978, cumple 15 años. Hoy se hará a la mar rumbo al banco sahariano. Debería haber sido el símbolo de la vida que empieza, no de una que se apaga.

Caen las sombras sobre los muelles y ya no se sabe qué es noche y qué es mar. La salida se demora. El motor se atraganta varias veces y aborta la salida, como si las tripas de hierro del barco barruntaran algo. Desde entonces un reboso anega el alma de los familiares: ojalá no hubiera arrancado ese cascarón con premonitorio nombre de tragedia azul. Pero lo hizo…Nueve hombres y un niño proa al infierno.

El estallido del conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario había convertido al litoral sahariano en la costa de los disparos. El padre de Chanito estuvo enrolado en barcos que habían sufrido ataques. En la familia sabían por lo tanto que el mar es algo más que agua y peces si te acercabas a la zona. Pero los marineros acuden donde está el pescado. Si junto a las corvina nada el peligro, se asume. Además, tan sólo hay que aguantar unos años más, los suficientes para reunir dinero y abrir un bar y que pesquen otros los peces y las balas que ellos servirán vino, tollo, ron y pejines. Ése es el plan.

El mar se ha sublevado, está nervioso y avisador. El temporal obliga al barco a guarecerse a dos millas largas de la punta del Cabiño, muy cerca del faro de Bojador. La tos de Chanito ha empeorado y reposa en una de las literas, ajeno por completo al hecho de que una zodiac con una veintena de hombres armados acaba de abordar el barco. El silbido del viento se mezcla con una conversación tensa que no tarde en dejar paso a voces tan amenazantes como el océano sobre el que , por poco tiempo, flota el “Cruz del Mar”.

Se prepara una ejecución, desalmada y fría como el brillo metálico de las metralletas y los fusiles. Los arrodillan. Uno, dos, tres…hasta nueve. Uno de esos demonios negros (iban ataviados con trajes de buzo) revisa el listado de enrolados y comprueba que falta uno: Chanito. Le hacen subir a cubierta. Los disparos quiebran la noche y las vidas. Tres de ellos se libran de la terrible telaraña de balazos. Entre ellos están sus primos, Miguel Ángel y Eusebio Rodríguez. Al primero una bala le rozó la frente, escribiéndole en la piel que unos centímetros marcan la diferencia entre vivir y morir. Una bomba dejada por los asaltantes envía al “Cruz del Mar” treinta metros bajo el mar. Se hunden con él siete biografías, el sueño de un bochinche y sale a flote todo el dolor del mundo.

SU MADRE

La mujer subió desde el muelle pesquero hasta el barrio de Schamann sumergida en una silenciosa espiral de tormento. Al llegar al umbral de su casa en la calle Agustina de Aragón, ni tan siquiera se molestó en abrir la puerta. Se quedó en el zaguán, en plena calle, enfrentada a lo que escribían los periódicos y vociferaban las radios, una náufraga agarrada a la idea de que en cualquier momento la figura de su hijo remontaría la cuesta para poder abrazarlo. Permaneció a la intemperie un día entero con su noche y luego otro más, sin comer, hasta que desfalleció. Decían que su hijo Chanito, de 15 años, había muerto ametrallado frente a las costas del Sáhara, como otros seis pescadores del “Cruz del Mar” naturales de Lanzarote. Pero nadie le trae el cuerpo. Aquello que no se ve no existe o existe para siempre. Como la muerte. O como la esperanza de una madre.

Ella, de algún modo, continúa plantada en aquel zaguán. “Vivía y vivo esperando a que mi hijo llegue” confiesa Carmen García Fernández, la madre del niño Sebastián Cañada García, asesinado el 28 de Noviembre de 1978 frente a la Punta de Cabiño. El viento arrastra memorias, deposita en las orillas recuerdos que vagan por el océano desde hace más de tres décadas. Cuando se arremolina el aire y se rompe el cielo, como en estos días, la mujer se atrinchera en su casa de Arrecife (Lanzarote) para no ahogarse por completo dentro de su oscuro torbellino de pensamientos: “Si hay temporal, tranco las puertas y las ventanas para no ver ni oír nada, porque pienso que yo estoy abrigada y que dónde estará mi hijo con este tiempo”.

Junto a Chanito también falleció su tío, el marinero Juan Suárez Rodríguez.

(Noticia publicada por Gregorio Cabrera en “La Provincia” el día 5 de Diciembre de 2.010.)


PRÓXIMA NOTA: JUAN SUÁREZ RODRÍGUEZ

JUAN CARLOS SIERRA

1 comentario:

  1. Gracias, Juan Carlos por hacernos llegar a través de Etnografía y Folclore éste suceso que nunca tenía que haber sucedido.

    Aunque ha pasado el tiempo,sigue estando en nuestros corazones el dolor por la gran pérdida.

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