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martes, 14 de diciembre de 2010

* EL INGENIO CAMPESINO

Muchas veces, he hablado de las prisas que nos devoran…el reloj que nos somete y obliga a ritmos frenéticos. Vivimos angustiados sin tiempo para nosotros mismos y el poquito que nos queda lo dedicamos al ordenador que nos aísla. Cada un@ se convierte en isla y los lindes lo constituye tu piel. Nada del vecino parece interesarte y muchos hasta se ufanan de vivir en un edificio o en un bloque y decir a boca llena: “en mi bloque viven tropecientos y no conozco a nadie”. Contrasta esto con aquellos tiempos en que se prestaba el “templete” (hueso que se colgaba en la cocina `para darle sabor a las comidas), que en ocasiones se prestaba entre vecinos... o el gancho en la puerta de la calle que alguien abría y a voz en grito, decía: “si tienen café, paso; si no me voy a casa de la vecina”… ¡¡Por Dios!! Decía desde el fondo de la cocina: ¡¡¡Pasa que tengo la cafetera al fuego y el "calcetín" gotiando!!! Los granos de café, molidos en aquellos molinillos caseros o el paquete de malta. El olor que recorría toda la casa... Era una época en que todo tenía su tiempo y reposo... Pero llegaron y las prisas, las modernidades, el turismo y el cambio se hizo presente y habitó entre nosotros.

Pero todavía quedan rincones donde el tiempo parece que se detiene y que a todo se le da un ritmo ponderado... Eso de ir a la isla de El Hierro y poder dejar las llaves del coche puestas, sin temor alguno... Preguntar por alguien y que te acompañen hasta su domicilio... que las criaturas se bajen de la acera para que la gente mayor no tenga tantos inconvenientes... o dejar acomodo a quien lo precise, porque ha llegado de visita y tiene que acudir al médico.... ¡¡qué tiempos!!!

Pues al hilo de todo esto, me viene a la memoria una de mis escapadas a la isla de La Gomera, donde Conchita nos preparó un extraordinario potaje que compartimos entre Nanino y Fernando el poeta gomero que le hizo un sentido canto a la mortera * que vemos con frecuencia en distintos puntos de la isla. Al poco, cuando disfrutábamos de un riquísimo postre e leche asada con miel de palma, recaló por el lugar el artesano y amigo, desgraciadamente ya desaparecido, Juan Santos con el que tenia concertado un encuentro para ver confeccionar el ramo, símbolo de La Gomera, en honor a Nuestra Señora de La Salud. Caminábamos lentamente, no había relativa prisa y nos recreábamos en el paisaje en la zona de Valle Gran Rey... Andábamos por veredas y caminos por las que a cada paso Juan Santos, me iba dando lecciones de sus amplios conocimientos del lugar nacientes, "bimbreras", como él le llamaba, helechos, pájaros... De repente, me llamó la atención la cantidad de palmeras que tenían, a modo de anillo, unos aros de lata a considerable altura... ¿y para qué le ponen a las palmeras esos aros de lata a tanta altura?
Es sencillo y práctico. Esas palmeras son para guarapiar. El almíbar de la palmera está allá arriba, casi en la cresta, en el mismito corazón. Los ratones, tienen los mismos gustos que nosotros y trepan hasta lo alto para beber la sabrosa la savia de la palmera. Por eso, el campesino para solucionar el problema y evitar que el ratón "sangre" y dañe a la palmera, le ponen esos aros y así cuando el ratón intente trepar, resbale al contacto con el amplio aro de lata y no puede continuar su camino precipitándose hasta el suelo.

Muchos, problemas han tenido que superar la gente del campo para poder subsistir…

Me sorprendió la historia y el ingenio del campesino en su lucha contra cuanto le rodea... En las islas orientales, en los lugares donde se guardaban los granos, cebada, millo, trigo... estaban siempre situados en alto. Para llegar a los lugares donde dormía el grano, había que subir por unas escaleras donde los tres últimos escalones eran abatibles. Tenían una especie de bisagra o eran escalones supletorios. De esa manera después de guardar el grano, los ratones encontraban su camino interrumpido... en otros lugares se amontonaba la hierba recolectada, en tiempos de abundancia. En la parte alta se colocaba una torta de barro para que el viento no se las llevara y en su interior se colocaba el grano. El ratón no podía llegar al grano porque el peso lo aplastaba y cuando el campesino tenía que sacar la ración de grano cogía una penca de pitera, la invertía y con la púa daba un golpe enérgico para atravesar la gruesa capa de hierba y hacerla llegar al corazón del pajero, hasta llegar al grano para que se deslizaran suavemente por el canalillo al sereto donde lo recogía.

Son lecciones de vida, del ingenio campesino y su permanente lucha diaria.

He recorrido de punta a punta, cada una de las Islas Canarias, incluyendo ese otro archipiélago: “El Archipiélago Chinijo”, voz conejera que califica lo pequeño. Por eso, cuando escribo, puede que no me exprese bien, pero cada una de las cosas que cuento son auténticas, verdades reales como la vida misma. Por eso, cuando le hablas a un pastor sobre el cernícalo, suele hablar con calificativos que demuestran su admiración por estos cazadores alados. Sin embargo, cuando, por ejemplo, en la isla de El Hierro te refieres a los cuervos. Todos hablan mal de este bicho. Lo tachan de pirata, de vengativo, pero eso es un tema que ya toqué en una anterior publicación.

ALFREDO AYALA OJEDA

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